| Menú principal |
| Scripta Nova REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98 Vol. IX, núm. 198, 1 de octubre de 2005 |
Geopol�tica cr�tica: el Pacto Ib�rico de 1939 (Resumen)
El Pacto Ib�rico se inscribe en la antesala de la II Guerra Mundial, y un mes antes de que termine la Guerra Civil en Espa�a. El Pacto aseguraba la neutralidad estrat�gica de la Pen�nsula en la contienda europea. Portugal busca la neutralidad de la Espa�a de Franco, mantener las colonias africanas, y su independencia ante los sue�os imperialistas espa�oles, a trav�s de lo que hemos llamado neutralidad defensiva, configurada por la actuaci�n de los hombres del Estado Novo. Espa�a por su parte subordina la neutralidad a la retirada de voluntarios de apoyo a los republianos y trata de sustitutir la influencia brit�nica en el pa�s vecino; su simpat�a hacia el ideario Nazi se hiciera expresa en los discursos de los hombres que trazan la pol�tica exterior del R�gimen, por lo que hablamos de neutralidad benevolente para con las potencias del Eje.
Palabras clave: c�digo, geopol�tica cr�tica, modelo, neutralidad.Critical Geopolitics: the Iberian Treaty of 1939 �(Abstract)
The Iberian Treaty goes before the Second Great World and is signed just one month before Spanish Civil War was finished. It guarantees the peninsular strategic neutrality facing to the European war. Portugal sought Franco�s Spain neutrality, kept its African colonies, and being independent against the Spanish imperial dreams; we call that defensive neutrality, made by the Portuguese men of statecraft. On the other hand Spain ties its neutrality to the republican supporter�s withdrawal and seeks to replace the current British influence in the country beside, since the Spanish policy makers sympathise with Nazis� Ideology. This is why we talk about benevolent neutrality with regard to Axis� States.
Key words: code, critical geopolitics, model, neutrality.La Geopol�tica Cr�tica
Conviene liberarse del determinismo que caracteriz� a la Geopol�tica tradicional, prescriptiva, consolidada por Mackinder, llevada a la tumba por el uso que de ella hicieron los alemanes como Haushofer, y renacida en los setenta gracias a los trabajos de hombres como Kissinger cuyos objetivos no eran otros que legitimar la pol�tica de sus estados a trav�s de sus discursos, como �te�logos laicos del sistema� (Galtung, 1999:63).�
En el cap�tulo dedicado a hablar de los modelos geopol�ticos podremos acercarnos a la Geopol�tica tradicional, en concreto a la alemana, y su recepci�n en Espa�a.
En los setenta aparece una nueva tendencia cr�tica �cuyo m�todo consiste en analizar cr�ticamente las estructuras aparentemente s�lidas e indiscutibles con el fin de ofrecer perspectivas alternativas y, a menudo, desenmascarar� los mecanismos discursivos del poder establecido� (Nogu�, 2001:25). La Geopol�tica Cr�tica, Critical Geopolitics, persigue demostrar c�mo el discurso ideol�gico goza de una autonom�a que genera unas relaciones de poder propias que conducen a la toma de decisiones, c�mo la ideolog�a permite crear y estabilizar una estructura social; se propone modificar la perspectiva nacional y estatal, individualista que dec�amos antes, desde la que se ha formulado la Geopol�tica tradicional, superando el fetichismo del Estado.
Pero la Geopol�tica Cr�tica no pretende una ruptura con todo lo aprendido anteriormente, sino que adopta un m�todo dial�ctico que demuestre que todo lo ocurrido es producto de lo pasado tratando, por tanto, de renovar.
La nueva geograf�a rompe con el discurso tradicional, estrictamente descriptivo, que ignora que el espacio es un componente activo del poder y que el Estado produce su propia espacialidad. Critica las formas superficiales e interesadas en que la Geopol�tica ortodoxa lee el mapa pol�tico mundial proyectando su propia concepci�n cultural y pol�tica. Busca recuperar la complejidad de la vida pol�tica global y exponer las relaciones de poder que caracterizan el conocimiento geopol�tico, ocultado por la Geopol�tica ortodoxa.
Surgen cuatro tendencias no conservadoras en esta l�nea, cada una de las cuales centra su an�lisis teniendo como base diferentes matices (Cairo Carou, 1993: 203 y ss). La primera de ellas ser�a la seguida por Peter J. Taylor, que introduce la econom�a pol�tica en la explicaci�n geopol�tica, superando el marco de la econom�a nacional para el estudio de las relaciones espaciales. Utiliza el enfoque materialista desarrollado por Immanuel Wallerstein, el an�lisis de los sistemas mundiales, y crea tres categor�as: la econom�a-mundo, el estado-naci�n y la localidad.
La segunda de esas tendencias es el estudio de las relaciones de poder bajo un an�lisis espacial.� Autores como Foucault, Raffestin y Claval, cuestionan la naturalidad de los procesos de dominaci�n que se presentan como necesarios para la supervivencia del grupo. Dicen que las relaciones espaciales son relaciones de poder, pues los actores protagonistas de la pol�tica del Estado construyen el territorio a partir del espacio dado.
La Geograf�a Pol�tica Human�stica, la tercera de las tendencias, introduce un elemento fundamental para la explicaci�n de las relaciones sociales: el individuo, vinculado al Estado, como constructor de la entidad espacial, que no es una estructura previamente determinada. Sirve de nexo entre las dos anteriores explicaciones geopol�ticas.
Simon Dalby, que representa la cuarta tendencia, investiga c�mo un conjunto de pr�cticas domina sobre otras, y se pregunta por las condiciones que permiten que las cosas sean como son. Las dimensiones ideol�gicas y sus discursos determinan las pr�cticas pol�ticas, por lo que hay que estudiar c�mo se construyen esos discursos y los actores que los producen, demostrando que las estructuras son creadas por la acci�n de determinados individuos. Ser�a algo as� como lo que ya dec�a Guy Debord en 1967, �la estructura es hija del poder establecido� o �el estructuralismo es el pensamiento garantizado por el Estado� (Debord, 2002:164).
La Geopol�tica Cr�tica se ocupar�a, entonces, de estudiar el espacio planetario y sus modos de producci�n y reproducci�n, para lo cual ser�a necesario ver la interconexi�n de elementos econ�micos, pol�ticos, simb�licos e institucionales o legales en la pr�ctica humana hist�rica concreta, aceptando la espacialidad de los hechos sociales. Afronta un an�lisis hist�rico de los discursos y pr�cticas de los Estados.
En lo que a los discursos se refiere, �stos contribuyen a la construcci�n cultural del mapa geopol�tico global inscribiendo significados en los lugares, los cuales no pueden ser interpretados al margen de esos discursos. Dos ejemplos de lo que son discursos que configuran las relaciones en el �mbito mundial ser�an Brzezinski, calificado por � Tuathail como Master Intelectual of Statecraft, que dice que �la pol�tica exterior de los Estados Unidos debe seguir ocup�ndose de la dimensi�n geopol�tica y emplear su influencia en Eurasia para crear un equilibrio continental estable en el que ejerzan las funciones de �rbitro pol�tico� (Brzezinski, 1998:11), y Huntington, citado por el anterior que dice que �un mundo sin la primac�a estadounidense ser� un mundo con m�s violencia y desorden, con menos democracia y crecimiento econ�mico que un mundo en el que los Estados Unidos sigan teniendo m�s influencia que cualquier otro pa�s en la forma que tomen los asuntos globales. El mantenimiento de la primac�a internacional de los Estado Unidos es esencial para el bienestar y la seguridad de los estadounidenses y para el mundo� (Brzezinski, 1998:39).
La Geopol�tica Cr�tica adopta tres formas de estudiar las relaciones espaciales y su configuraci�n: Geopol�tica Pr�ctica, Formal y Popular. La Geopol�tica Pr�ctica se ocupar�a de la actividad estatal que espacializa el mundo, llevada a cabo por la burocracia encargada de la pol�tica exterior de los Estados. Concierne a las pol�ticas geogr�ficas que se dan en la pr�ctica diaria de la actividad exterior. Trata de c�mo las percepciones geogr�ficas comunes enmarcan las decisiones y conceptualizaciones de los foreign policy makers. La Formal son las teor�as, modelos y estrategias que elaboran los intelectuales de la seguridad para guiar y justificar las acciones de la Geopol�tica Pr�ctica. Refiere a lo que usualmente se conoce como pensamiento geopol�tico o tradici�n geopol�tica. Es la problem�tica de los intelectuales e instituciones a la hora de dar forma al pensamiento geopol�tico en cada lugar y contexto. La Geopol�tica Popular est� formada por los razonamientos geopol�ticos creados por los medios de comunicaci�n, el cine, la novela, que producen el sentido com�n geopol�tico de los ciudadanos. Refiere las pol�ticas geogr�ficas debatida y creadas en los mass media. Versa sobre la construcci�n social del pensamiento nacional y transnacional de algunos colectivos sobre gentes y lugares m�s all� de sus fronteras.
Existen otros conceptos fundamentales dentro de la Geopol�tica Cr�tica que explican el objeto de su estudio. Son orden, era, c�digo y modelo geopol�ticos, y que est�n relacionados entre s�. Los c�digos geopol�ticos son los razonamientos de las �lites estatales que dan lugar a una determinada forma de actuar; pertenecen al campo de lo que ya citamos como Geopol�tica Pr�ctica. Definen los intereses del Estado, identifican las amenazas externas a esos intereses y dan una respuesta, que tratan de justificar.
Algunos, como Taylor, consideran que los c�digos de las superpotencias conforman los �rdenes geopol�ticos mundiales. Sin embargo Agnew no cree necesaria la existencia de una potencia dominante que imponga por la fuerza un modo de representaci�n hegem�nico. Piensa, como Corbridge, que los �rdenes geopol�ticos tienen caracter�sticas geogr�ficas determinadas y pertenecen a per�odos hist�ricos concretos. As�, distinguen tres �rdenes: un orden geopol�tico brit�nico del Concierto de Europa, entre 1815-1875, el orden geopol�tico de la rivalidad interimperial de 1875-1945, y el orden geopol�tico de la Guerra Fr�a, 1945-1990. Estos �rdenes se configuran seg�n haya sido definido el espacio por los sucesivos discursos geopol�ticos, por las eras geopol�ticas que seg�n Agnew ser�an las tres que se corresponden con los �rdenes: la era de la Geopol�tica Civilizacional, la de la Geopol�tica Natural�stica y la de la Geopol�tica Ideol�gica. En cuanto a los modelos, son producciones intelectuales, son la Geopol�tica Formal, donde las ideas pr�cticas se organizan en teor�as cuyos art�fices querr�an que se convirtieran en c�digos, es decir, influyendo en las pol�ticas exteriores de sus estados.
El significado del espacio, por tanto, no puede ser interpretado al margen de los discursos.
Contexto internacional. Orden geopol�tico de la rivalidad interimperial.
Contextualizaci�n te�rica del Pacto Ib�rico
La divisi�n de los c�digos geopol�ticos que desarrolla Taylor (Taylor, 2002:67) en locales, regionales y globales se corresponde con las tres escalas de an�lisis que utiliza para estudiar la Geograf�a Pol�tica (localidad, estado-naci�n y sistema-mundo). Vamos a situarnos en el momento en que se enmarca nuestro objeto de estudio.
�Empezaremos con lo que ya enunciamos como orden geopol�tico mundial, o estructuras relativamente estables, que definen per�odos distintos de la pol�tica mundial. Estar�an formados por los diferentes c�digos geopol�ticos que encajan entre s� conformando una pauta general (Taylor, 2002: 68). Seguiremos a Taylor en cuanto al an�lisis de los �rdenes geopol�ticos que, a su vez, se inspira en el m�todo de estructuras hist�ricas de Robert Cox (Taylor, 2002: 68).
Los �rdenes mundiales se forman por la interacci�n de fuerzas materiales, ideas e instituciones, y su estudio ir�a unido al an�lisis del auge y ca�da de las grandes potencias a lo largo de la historia.
Los estudios acerca de este tema se han hecho en base a modelos de cambios c�clicos, centr�ndose Taylor, antes de exponernos su marco te�rico, en los modelos de Wallerstein y Modelski. Nosotros, lejos de explicar en lo que consiste cada uno de ellos, s�lo vamos a situar el Pacto seg�n estos an�lisis.
En el modelo de ciclos largos de Modelski (Taylor, 2002: 69) habla de cinco ciclos desde el a�o 1500, cada uno de los cuales se asocia a la hegemon�a de una potencia que se encarga del mantenimiento del orden en el sistema pol�tico global. Seg�n su esquema 1939-1940 se inscriben dentro del quinto ciclo, con Estados Unidos como potencia que est� haci�ndose con la hegemon�a tras una competencia pol�tica violenta, como las guerras mundiales, y que legitima su status con tratados, en este caso con Versalles tras la Primera Guerra Mundial, y con Postdam tras la Segunda. Como vemos, Modelski construye su teor�a atendiendo a criterios pol�ticos y est� tan n�tidamente estructurada que da la sensaci�n de vac�o entre uno y otro ciclo. Introduce el factor violento como determinante del vencedor en la lucha por la hegemon�a.
�El modelo de Wallerstein, sin embargo, tiene en cuenta criterios econ�micos y pol�ticos. Su an�lisis de los sistemas-mundo se basa en tres ciclos hegem�nicos con tres potencias hegem�nicas, cuyo auge y ca�da definen el ciclo. Todas las potencias han creado unas infraestructuras mediante las que han conseguido dominar el sistema. Wallerstein habla de hegemones mundiales (Taylor, 2002:75) frente a las potencias mundiales de Modelski. El hegem�n es el l�der pol�tico, pero tambi�n el l�der econ�mico, social y cultural. El momento en que se firma el Tratado estar�a dentro del per�odo de auge de Estados Unidos, concretamente dentro de la fase de ascenso de la hegemon�a, en la que a�n no se ha configurado el hegem�n, con una rivalidad geopol�tica de los Estados del centro por conseguir el liderazgo.
El modelo propuesto por Taylor de los ciclos hegem�nicos mundiales, va m�s all� de la hegemon�a de una potencia en el sistema-mundo, dando m�s importancia a la forma en que se redistribuye el poder en el mundo, dictada por una potencia a la que los dem�s respetan (Taylor, 2002:78). Los �rdenes geopol�ticos surgen tras la desintegraci�n del orden precedente, donde hay un per�odo de transici�n en el que se replantea todo el orden hasta ese momento dominante. Una transici�n que �separa claramente mundos pol�ticos distintos� (Taylor, 2002:78). El orden mundial en el que inscribimos el Pacto Ib�rico es el de la sucesi�n brit�nica, donde Alemania y Estados Unidos superan a Gran Breta�a como potencias mundiales, pero las guerras mundiales resolver�n la sucesi�n a favor de Estados Unidos.
A la vez, podemos hablar, mencionando a Corbridge, del orden geopol�tico de la rivalidad interimperial en el dominio global, que se dar�a entre 1875 y 1945 y en el que Estados Unidos se va conformando como pr�ximo l�der mundial. Ahora es una potencia regional en ascenso. En los �rdenes geopol�ticos descritos por el autor, la pol�tica mundial es organizada alrededor de la caracterizaci�n del espacio hecha por los discursos geopol�ticos o modos de representaci�n del espacio: son las eras geopol�ticas de Agnew (Taylor, 2002:16), de las cuales destacamos la que se corresponder�a con el orden geopol�tico de Corbridge, y que ser�a la era de la Geopol�tica Natural�stica que precede a la Geopol�tica Ideol�gica y sucede a la Geopol�tica Civilizacional. La Geopol�tica Natural�stica tiene en cuenta al individuo en la explicaci�n de los hechos sociales, consider�ndolo protagonista fundamental. �Se tratan de forma especial los problemas de las ideolog�as territoriales, o si se prefiere, el significado del territorio para los actores pol�ticos, y conceptos como los de sentido del lugar, territorialidad o nacionalismo territorial se constituyen en los ejes b�sicos del an�lisis� (Cairo Carou, 1993:207). Permite percibir al ciudadano en su relaci�n con el Estado como constructor de esa entidad espacial, rechazando considerar el Estado como estructura determinante. Las guerras interimperiales en esta era tuvieron su m�xima expresi�n en las dos guerras mundiales.
Y es en este contexto en el que se inscribe la preparaci�n, resoluci�n y continuaci�n del Pacto Ib�rico.
Reg�menes autoritarios de Espa�a y Portugal en la era de la sucesi�n hist�rica
El sistema internacional multipolar cambia r�pidamente en los a�os treinta. Por un lado est� el ascenso del nazismo y, por otro, la consolidaci�n de los reg�menes dictatoriales en la Europa del Sur. En este tiempo se consolida el r�gimen salazarista en Portugal, con sus adversarios internos divididos y una unidad muy amplia alrededor de Salazar.
Los pol�ticos portugueses opinan que la alianza inglesa sigue siendo la referencia b�sica para cualquier posicionamiento nacional, pues son conscientes de que las colonias no pueden mantenerse sin el apoyo brit�nico, ya que las ambiciones alemanas crecen en �frica. Inglaterra es la principal presencia en Portugal, y sigue dominando el Atl�ntico aunque la progresiva p�rdida de su hegemon�a es un hecho. De este �ltimo factor se deriva la cuesti�n del grado de autonom�a deseable dentro de la alianza. Se sabe que no hay ning�n acuerdo que pretenda dividir el imperio portugu�s, incluso despu�s de la pol�tica de cesiones que sigue Inglaterra con Berl�n para un reajuste en �frica (pol�tica que Hitler nunca acepta �pues recuerda que las colonias son un problema en caso de guerra y vienen autom�ticamente con la victoria� (Payne, 1996:133). Y por otro lado, ahora no existe una carrera naval en Europa que haga peligrar el poder mar�timo ingl�s. De lo que se deriva una mayor autonom�a para Portugal, tanto porque ellos saben que Londres necesita m�s que nunca a sus aliados, como porque Inglaterra no necesita de Portugal tanto como en la primera deflagraci�n mundial.
La Espa�a de 1939, una vez acabada la Guerra Civil, es la Espa�a de la victoria de Franco. Franco adopt� una postura que se acercaba al modelo fascista y su identificaci�n con las potencias del Eje era expl�cita. Desde el primer mes de conflicto mundial Franco mostr� su apoyo a la pol�tica alemana pero tuvo que mantener su neutralidad para proteger a Espa�a de una situaci�n econ�mica que ya era precaria. Por otro lado, el ej�rcito espa�ol, aun con un mill�n de hombres en sus filas, carec�a de medios materiales y de preparaci�n, y de eso era especialmente consciente ante una inminente guerra europea en la que no se descartaba participar.
Ello sin olvidar la divisi�n interna en el seno del r�gimen. Unidos por el nacionalismo reivindicativo que exig�a unos territorios franceses, por lo dem�s militares y falangistas se encontraban lejos de cualquier posible entendimiento. Los falangistas identificaban a los militares con los conservadores tradicionales, y los militares pensaban de los falangistas que no difer�an mucho de los rojos por revolucionarios y demagogos. El n�mero de militares falangistas fue escaso pues los militares eran conscientes de la incapacidad espa�ola para entrar en una guerra.
Contexto internacional
Las circunstancias internacionales que se dan partir de 1939 hacen que la Pen�nsula se vea enredada en graves tensiones.
Por una parte la Guerra Civil espa�ola y la proscripci�n internacional de la Espa�a franquista y,� por otra, la II Guerra Mundial,� afectan� al conjunto peninsular.
El fin de la Guerra Civil y el advenimiento de la II Guerra Mundial� suponen un cambio en la naturaleza de las relaciones luso-espa�olas. El Pacto Ib�rico es la ilustraci�n diplom�tica de la� nueva sociedad interdictaduras. La Guerra Civil de Espa�a amenazaba deshacer el equilibrio periclitante que resulta de la I Guerra Mundial, trayendo de nuevo para los m�rgenes del Mediterr�neo y del Atl�ntico las rivalidades y ambiciones de las potencias continentales. En este conflicto se van perfilando las partes contendientes en la pr�xima guerra mundial.
Alemania tendr�a varias razones para intervenir en la guerra espa�ola, como crear una posici�n geogr�fica privilegiada de intervenci�n contra la navegaci�n mediterr�nea y atl�ntica de los aliados, de manera que Alemania se aseguraba el acceso prolongado a las minas de hierro. Italia, por su parte, pretend�a hacer renacer la ambici�n de reconstruir el mare nostrum, debilitando el poder naval brit�nico.
Portugal, por su parte, no ignoraba el hecho de que una Espa�a ideol�gicamente enemiga ser�a doblemente amenazante para la paz y quiz� para su independencia.�
La II Guerra Mundial mantendr�a abiertas las incertezas peninsulares, pues si bien el peligro rojo del que hablaran los portugueses al referirse a la Rep�blica espa�ola ya hab�a desaparecido, el r�gimen de Franco permanec�a cautivo de una germanofilia que acariciaba sue�os imperialistas.
Aunque la posici�n de Portugal de apoyo a los nacionalistas en la Guerra Civil tuviese la oposici�n inicial del Reino Unido, su principal y �nico aliado, la r�pida internacionalizaci�n de la Guerra� Civil tras 1936, parec�a dar la raz�n a muchos pol�ticos conservadores ingleses y al Ministro de Exteriores portugu�s Armindo Monteiro[1] cuando, hablando con uno de ellos, �ste dec�a "temos de considerar que, nos territorios sujeitos ao que se chama o Governo de Madrid dominam de ipso os homens dos partidos comunistas e anarcosindicalistas. A sua vit�ria ser� de ipso a vit�ria de gente que obedece as ordens de Moscovo. Para Portugal isso significara a guerra logo a seguir ao triunfo desta ou em curto prazo depois dele [...] teremos assim em jogo a nossa liberdade, a ordem social portuguesa, a nossa independ�ncia" (Matins, 2001:151) refiri�ndose al temor ante un posible deseo de expansionismo espa�ol con la anexi�n de Portugal en una suerte de federalismo ib�rico que ellos rechazaban.�
A principios de 1939 ya es evidente que el gobierno de Burgos va a ganar la guerra� y por tanto Londres sabe que Franco ser� el� futuro jefe de gobierno de Espa�a, y es as� como en febrero de ese a�o Londres lo reconoce de jure ya que de facto hab�a sido reconocido el 16 de noviembre de 1937 con el intercambio de diplom�ticos.
En plena crisis de Munich[2], surge el Pacto Ib�rico, cuando la guerra europea parece m�s pr�xima. Y Londres da v�a libre al proyecto de pacto, cuyo texto le ser�a dado a conocer por parte portuguesa incluso antes de ser negociado. Inglaterra, potencia mar�tima, siempre se opuso a que las naciones de Europa Central influyeran de forma decisiva en la Pen�nsula. Y por ello Londres no pod�a tolerar una influencia alemana en Espa�a, que conllevar�a una supremac�a italiana en el Mediterr�neo. Partidaria convicta de la no-intervenci�n espa�ola en la guerra europea, Londres oscil� entre los dos bandos, primero siendo pro-republicana al lado de Francia, y despu�s fue obvio su apoyo a Franco.
Cuando empieza la II Guerra Mundial ninguno de los beligerantes, por tanto, deseaba que el conflicto llegase al espacio ib�rico. Franco declara mantener la neutralidad.
Apenas proclamada la neutralidad espa�ola el ej�rcito alem�n desarroll� todas las defensas francesas plant�ndose con sus divisiones junto a los Pirineos. El Reich exigi� la incorporaci�n espa�ola al Eje. Franco les comunicaba las condiciones en que estar�a dispuesto a entrar en la guerra, lo que parec�a una clara intenci�n beligerante si bien con exigencias disparatadas (Gibraltar, la totalidad de Marruecos y Argelia, enormes ayudas materiales y plenas garant�as de que Canarias quedase a cubierto de ataques aliados). No obstante, y de acuerdo con la opini�n que tiene Javier Tussel, creemos que Alemania daba muy poca importancia a Espa�a, y tan s�lo fue un instrumento para romper las relaciones internacionales de Europa al final de los a�os 30 y un proveedor de materias primas (Payne, 1996: 163).
En la fase de predominio del Eje, Franco mand� a Rusia una unidad de voluntarios, la Divisi�n Azul, en la lucha contra el comunismo. Esta era la guerra en la que Espa�a era beligerante, mientras que en la guerra entre pa�ses amigos era no beligerante. Es por eso que se dice que Franco invent� la teor�a de las dos guerras: enemigo del comunismo y no beligerante entre el Reino Unido y el Eje (Moradiellos, 1995: 75)
La creciente importancia del imperialismo de la Falange en el campo nacionalista, as� como la cada vez mayor dependencia de Espa�a respecto de Alemania y de Italia, llevaron a Salazar a reforzar su alianza con Gran Breta�a, alianza que volv�a a tener un tinte marcadamente anti-ib�rico, utilizada para defenderse de cualquier veleidad expansionista espa�ola. Estos objetivos coinciden con la planificaci�n brit�nica de guerra dirigida a la neutralizaci�n estrat�gica de la Pen�nsula.
El sistema de alianzas internacionales de Portugal se destin� a diferenciar las funciones estrat�gicas del territorio portugu�s de las funciones estrat�gicas de la Pen�nsula. Ya en la I� Guerra Mundial la decisi�n de beligerancia fue para diferenciar Portugal de Espa�a, que se mantuvo neutral. Pero la neutralidad de los dos Estados en la Segunda fue una cuesti�n de pol�tica internacional que determin� la anulaci�n de las funciones estrat�gicas militares de la Pen�nsula. No obstante, de haberse llevado a cabo la Operaci�n F�nix[3], estrategia mar�tima contra Inglaterra,� por parte de Alemania, la Pen�nsula no hubiera permanecido neutral.
La neutralidad continental de Portugal arrastrar�a a la neutralidad a Espa�a a trav�s del Pacto. Si las grandes potencias lo deseaban o no, lo cierto es que el Pacto garantizaba que la guerra no llegar�a a la Pen�nsula.
El Pacto Ib�rico
La iniciativa parte del gobierno franquista que, en cuanto Alemania presenta el ultim�tum a Checoslovaquia, propone a Portugal la firma de un tratado de no agresi�n que garantice las fronteras mutuas, y el 16 de septiembre de 1938 Nicol�s Franco le presenta a Salazar la iniciativa. A finales de enero de 1939 se inician las negociaciones formales, tras una segunda diligencia formal brit�nica[4].
El Tratado fue redactado en ambas lenguas y con diferentes lecturas. Se trataba del Tratado de Amistad y No Agresi�n entre Espa�a y Portugal, firmado por el Representante del Gobierno de Franco, y el Tratado de Amizade e Nao Agressao entre Portugal e a Espanha, firmado por Salazar.
Ser�an Ant�nio �scar Fragoso Carmona, Presidente de la Rep�blica Portuguesa, y Francisco Franco Bahamonde, los que resolvieron concluir el Tratado, pero ser�an los Plenipotenciarios nombrados por ellos quienes lo firmaron; de parte portuguesa fue Ant�nio de Oliveira Salazar, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Asuntos Exteriores, y de parte espa�ola fue Nicol�s Franco Bahamonde, embajador extraordinario en Lisboa.
El Tratado fue denominado Pacto Ib�rico o Pacto Peninsular en 1942, cuando el Conde de Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores de Espa�a, visita Lisboa y se reafirma la Pen�nsula como zona de paz y neutralidad, y populariza el tratado de 1939 con ese sobrenombre.
El Tratado estaba constituido por seis art�culos en que se especificaba la mutua obligaci�n de respetar las fronteras y la renuncia a practicar cualquier acto de agresi�n contra la otra parte (art. 1�).
Ambas naciones, adem�s, se compromet�an a no prestar asistencia al agresor o agresores que proviniese de la otra partes y que intentara atacar una de las partes, ni permitir que su territorio pudiera ser utilizado para desencadenar un ataque dirigido contra una de ellas (art. 2�).
Los art�culos 1� y 2� son las razones peninsulares de la firma del Tratado ya que tratan expresamente de ambas partes contratantes. Si se tiene en cuenta que menos de un mes m�s tarde acababa la Guerra Civil espa�ola y que el bando nacionalista recibi� ayuda desde Portugal, los Viriatos[5], se entiende el significado del art�culo 2�. En cuanto al primer art�culo designa el nunca abandonado temor ante una invasi�n espa�ola para la anexi�n de Portugal conformando de esa manera una confederaci�n ib�rica y as� cumplir los sue�os imperialistas de Espa�a.
El Tratado tambi�n les obligaba a no pactar ni aliarse con terceras partes que pretendiesen la agresi�n contra uno de los contratantes (art. 3�). Cualquier pacto firmado en el futuro con terceras partes respetar� los compromisos contra�dos en el Tratado (art. 4�).
Los art�culos 3� y 4� refieren las razones extra-ib�ricas[6] del Tratado. El primer borrador del mismo, presentado de parte espa�ola, pretend�a que tuviese car�cter retroactivo y de esta manera anular algunos de los aspectos del sempiterno pacto anglo-luso que no les beneficiaba. A lo cual los portugueses se negar�an con el art�culo 4�. Lisboa propone un art�culo que contradice el texto espa�ol. El espa�ol dec�a que los compromisos anteriores no se sobrepon�an a lo previsto en el Tratado, mientras que el portugu�s dec�a que el Pacto no alterar�a las obligaciones anteriores asumidas por ambos pa�ses, lo que significaba que Portugal estaba dando prioridad a su alianza con Inglaterra. Este art�culo casi por s� solo aseguraba la neutralidad de la Pen�nsula Ib�rica.
En una carta, recogida en el Archivo Portugu�s, enviada a Nicol�s Franco el 22 de febrero de desde Lisboa, Teixeira de Sampaio[7] le respond�a a una carta del 14 del mismo mes en la que se propon�a la eliminaci�n del articulo 4� del proyecto portugu�s por considerar que disminu�a el alcance del Pacto. Teixeira expon�a las razones jur�dicas y pol�ticas por las que juzgaba que el susodicho art�culo no conllevaba ninguna desventaja para ninguno de los dos pa�ses. Las jur�dicas se refer�an a que, siendo un tratado bilateral, no pod�a alterar las cl�usulas de otros tratados firmados con anterioridad con terceros pa�ses, aunque s� podr�a influir en el futuro. Y aclara que esto se supone impl�cito en el Pre�mbulo, en cuya negociaci�n ya se dijo que nada hab�a en el borrador que contrariase los compromisos internacionales, de car�cter defensivo los de Portugal y, seg�n hab�a dicho Nicol�s Franco, meramente negativos los de Espa�a. En el Pre�mbulo se especifica que ninguna obligaci�n asumida con terceros hasta ese momento imposibilitaba el desarrollo de las relaciones rec�procas de que trata el Pacto.
Y en cuanto a las razones pol�ticas, se habla de ventajas para ambos ante la situaci�n internacional en que predomina la incerteza de unos pa�ses sobre otros. Estaba diciendo que no deseaban que el Pacto fuera interpretado como una alianza contra Inglaterra, y que no deseaban desligarse de su vieja aliada.
El 5� art�culo se limita a definir la duraci�n del Tratado, que ser�a en principio de diez a�os prorrogables a no ser que fuera denunciado con seis meses de antelaci�n por una de las partes.
El Tratado se firm� el 17 de marzo de 1939, y entrar�a en vigor el d�a de las ratificaciones, el 30 de marzo de 1939 (art. 6�).
Fernando Rosas y Ant�nio Telo, afirman que� el gobierno del General Franco pretend�a defender sus fronteras occidentales de una posible intervenci�n inglesa que, sin duda, har�a peligrar la continuidad del r�gimen. Aunque no pueden obviarse las pretensiones de sustituir la influencia brit�nica en Portugal por la espa�ola. Cesar Oliveira y Fernando Rosas ven el Pacto como un instrumento de la pol�tica brit�nica de neutralizaci�n de la Pen�nsula en el �mbito de su estrategia general de guerra. Ive Delgado cree que la concertaci�n pol�tica no era un arma ofensiva sino s�lo un espacio de entendimiento que manifestaba la posici�n estrat�gica de la Pen�nsula y su demarcaci�n geopol�tica del resto de Europa, y al mismo tiempo ten�a la funci�n de desvincularse del bloque agresor europeo a trav�s de la creaci�n de una nueva entidad moral que se afirmaba unitaria y neutral. Charles Halstead piensa que el Tratado supuso para los dos pa�ses una mayor flexibilidad en sus respectivas pol�ticas externas, sobre todo de cara a las presiones alemanas o inglesas
Jim�nez Redondo por su parte piensa que el gobierno franquista pretend�a defender sus fronteras en el caso de una posible intervenci�n brit�nica al mismo tiempo que iniciaba una sustituci�n de influencias en Portugal, imponiendo una aproximaci�n de Espa�a, cara al tradicional v�nculo de este pa�s a Gran Breta�a. Pretensi�n que no fue seguida por el gobierno salazarista para el cual el Tratado no signific� una alteraci�n importante en las relaciones que ya exist�an con Gran Breta�a.
En este sentido el Tratado fue una manera de evitar la amenaza para su propia independencia ante una Espa�a instrumentalizada por Alemania. Una garant�a jur�dica que vinculaba al enemigo tradicional a respetar la inviolabilidad de las fronteras, lo que indirectamente pod�a significar la renuncia espa�ola a una pol�tica ib�rica agresiva.[8]
Geopol�tica formal y geopol�tica pr�ctica
Geopol�tica formal: modelos
Los modelos geopol�ticos son producciones intelectuales donde las ideas pr�cticas se organizan en teor�as cuyos art�fices pretender�an convertir en c�digos. Las dimensiones ideol�gicas y sus discursos determinan las pr�cticas pol�ticas, por lo que hay que estudiar c�mo se construyen esos discursos y los actores que los producen, para demostrar que las estructuras son creadas por la acci�n de determinados individuos.
En este apartado vamos a hablar de lo que � Tuathail llama los intelectuales del statecraft, y de la descripci�n y clasificaci�n que hace en su tesis (� Tuathail, 1989:165). Parte de lo que Antonio Gramsci apuntara sobre el tema de lo intelectuales, as�, que �All men are intellectuals...but not all men have in society the function of intellectuals� (� Tuathail,� 1989:165). Gramsci identificaba dos tipos de intelectuales. Los primeros eran los intelectuales tradicionales, que son los profesionales tales como sacerdotes, escritores, acad�micos o cient�ficos. Algunos de los intelectuales del statecraft contempor�neos, dice � Tuathail, en periodismo, universidades y escritores, pueden ser descritos como intelectuales tradicionales, conservadores rom�nticos reconfortados en un autoritarismo aristocr�tico benevolente, cuyas funciones se limitan a� las formaciones sociales capitalistas no aristocr�ticas. Su posici�n en la sociedad deriva de las relaciones de clase y tienen un aura reconocida dentro del grupo social al que pertenecen.
El otro tipo de intelectuales de Gramsci son los intelectuales org�nicos, intelectuales m�s especializados, como t�cnicos y especialistas, que son una parte �ntima de las operaciones que realiza un grupo social en concreto.
Para Gramsci un intelectual tradicional puede ser tambi�n un intelectual org�nico, y esto, seg�n � Tuathail, es lo m�s interesante de las disertaciones de Gramsci. El especialista en historia diplom�tica es el mejor ejemplo que se nos ofrece para entenderlo. George Kennan o Henry Kissinger son los m�s reconocidos y valorados dentro de sus disciplinas. Pero adem�s son tambi�n intelectuales org�nicos en cuanto especialistas de las materias en las que destacan,� organizando, dirigiendo, o disciplinando el estudio y pr�ctica del statecraft dentro de una formaci�n social, en cuyo caso concreto fue el orden geopol�tico post-guerra mundial de la Pax Americana. En otras palabras, los intelectuales como Kennan o Kissinger son parte del complejo intelectual-militar-industrial.
La clasificaci�n general que nos ofrece � Tuathail acerca del los intelectuales del statecraft, divididos a su vez en intelectuales pol�ticos, civiles o ambos a la vez, es la siguiente.
1. Master intellectuals of satecraft. Aquellos con una formaci�n muy desarrollada en relaci�n al statecraft, normalmente resultado de una intensa vida acad�mica, experiencia en el gobierno y en el sector privado. Ser�an la clase alta de todos los intelectuales, con una gran influencia. Algunos ejemplos son Edward Luttwack[9] y Brzezinski[10].
2. Practical intellectuals of statecraft. Aquellos con unos razonamientos t�citos y pr�cticos en relaci�n al statecraft, normalmente derivados no de una intensa vida acad�mica sino de una experiencia pr�ctica en el gobierno y en la sociedad. Reagan o Carter, as� como la mayor�a de los Presidentes, forman parte de la sociedad pol�tica. De la sociedad civil son los escritores profesionales, columnistas de peri�dicos o comentadores de radio y televisi�n. Nixon ser�a de ambas pues fue un presidente y escritor.
3. Functionary intellectuals of statecraft. Aquellos con un razonamiento t�cito de las relaciones internacionales y del funcionamiento del Gobierno, con una educaci�n, pero que no son intelectuales en un sentido formalizado. Los embajadores y secretarios de departamentos de Estado pertenecen a la sociedad pol�tica, mientras que los periodistas y dibujantes, vi�etistas, pertenecer�an a la sociedad civil. (� Tuathail, 1989:169).
Geopol�tica pr�ctica: c�digos
Los c�digos geopol�ticos suponen la evaluaci�n y valoraci�n de los lugares que quedan m�s all� de las fronteras de los Estados que los delimitan, dependiendo de la importancia estrat�gica y de sus posiciones como posibles amenazas. Son im�genes del mundo que crea cada Estado, por lo que tienen un car�cter s�lo parcial.
Siguiendo la clasificaci�n de los mismos que hace Taylor (Taylor, 2002:99), podemos distinguir entre c�digos locales, regionales y globales. Estos �ltimos son propios de Estados con una pol�tica exterior a nivel mundial. Los c�digos a nivel regional son creados por potencias que aspiran a convertirse en potencias regionales proyectando su poder m�s all� de sus vecinos m�s pr�ximos. En cuanto a los c�digos geopol�ticos locales, que son los que m�s nos interesan, son dise�ados por todos los pa�ses ya que suponen la evaluaci�n de los vecinos m�s pr�ximos. �stos est�n implicados en la mayor�a de las guerras, ya que� ellas empiezan por fronteras comunes.
En lo que respecta a los dos Estados peninsulares ante el Pacto Ib�rico, podremos decir que se trata de c�digos geopol�ticos locales por ser un pacto firmado entre ambos, considerados uno respecto al otro. Tanto en Portugal como en Espa�a hemos considerado que el principal asunto que se trata en 1939 lo que conlleva la firma del Pacto Ib�rico, es la neutralidad de estos pa�ses en caso de una guerra europea que acecha desde que Hitler se anexionara Austria y los Sudetes checos.
Por tanto podr�amos decir que el c�digo portugu�s es local, al buscar la neutralidad espa�ola en caso de guerra generalizada y visto que sus afinidades internacionales difer�an. En cuanto al c�digo espa�ol, tambi�n ser�a local si pensamos que propone su status de neutralidad para defender sus fronteras terrestres contando con el apoyo portugu�s.
Pero si nos hacemos eco de las pretensiones imperialistas que marcan el modelo espa�ol, podemos hablar de un c�digo regional al buscar convertirse en �nica potencia ib�rica con voz en lo que ser�a una posguerra en manos de los pa�ses del Eje que se prev� ganen. Estamos ante una Espa�a con visi�n imperial. Y en cuanto a Portugal, una de las l�neas que define su pol�tica exterior es el mantenimiento de su patrimonio colonial, por lo que la neutralidad tambi�n busca que su imperio no se vea amenazado. El car�cter regional de sus c�digos lo demuestra en parte el encuentro en Sevilla en 1942 entre Franco y Salazar, cuando �ste insiste en el peligro que se correr�a ante una victoria alemana, pues ello supondr�a una satelizaci�n de Portugal y de Espa�a y, no m�s tarde, la p�rdida de influencia de los Estados peninsulares en �frica y Am�rica Latina. Hablamos de dos Estados con un pasado glorioso en cuanto potencias coloniales, que se resisten a adaptarse a los nuevos tiempos que se avecinan.
Si bien el Tratado asegura la neutralidad de la Pen�nsula, al menos en el espacio de tiempo que nos ocupa, es llevada a cabo de diferente forma en uno y otro Estado, por lo que hemos denominado de diferente forma la neutralidad a que se adhirieron. Hablaremos de neutralidad benevolente con respecto a Espa�a y de neutralidad defensiva en el caso portugu�s.
Espa�a
Modelo: el sue�o imperialista
Tras la Guerra Civil espa�ola la Geograf�a Pol�tica y especialmente la Geopol�tica vivir�n unos a�os de esplendor gracias a� un nuevo Estado marcado por sus v�nculos con el Tercer Reich nazi y con el fascismo italiano (Nogu�, 2001:58).
El r�gimen pol�tico de Franco asign� a la Geograf�a un importante papel en su tarea de reconstrucci�n cultural del pa�s, por lo que esta disciplina recibi� un importante apoyo, tanto en la ense�anza como en la investigaci�n. La Geograf�a ten�a asignado un papel ideol�gico que sirvi� de veh�culo a la ideolog�a nacionalista, exaltando el esp�ritu patri�tico. Obsesionado por la unidad y la grandeza de Espa�a, Franco consideraba que el estudio de la Geograf�a y de la Historia contribu�a a hacer grandes a los pueblos.
Lo primero que hay que hacer para hablar de la Geopol�tica espa�ola de posguerra civil es conocer sucintamente la Geopol�tica alemana de donde bebe directamente[11], y que se har� plausible cuando entremos a analizar algunos de los discursos en Espa�a.
La principal aportaci�n al campo espa�ol desde la Geopol�tica alemana viene de Ratzel (1844-1904). Influido por el darwinismo social crea el concepto de espacio vital, lebensraum, lo que le sit�a dentro del positivismo: dota de base cient�fica el comportamiento espacial de las sociedades y cuerpos pol�ticos. Considera que el Estado es el �nico actor territorial efectivo, un cuerpo �nico sociedad-naci�n-estado, es decir, una concepci�n organicista que asimila la Tierra a un ser vivo. Para Raztel lo que define y da cohesi�n a un pueblo es el territorio que comparte y su historia, esto es, el tiempo y el espacio comunes. Con especial trascendencia del espacio para la supervivencia del Estado y, por tanto, de la sociedad: �cada ciudadano deber� tomar conciencia del car�cter vital del territorio y de sus posibilidades de expansi�n; el sentido del espacio, raumsinn, garantiza la perennidad de la naci�n, la fortaleza y la independencia del Estado� (Gallois, en Nogu� y Ruf�, 2001:30). El raumsinn se corresponde con el volkgeist, el esp�ritu del pueblo, conexi�n fundamental para la formaci�n del sentimiento nacionalista alem�n, pero con la nueva dimensi�n espacial que resalta Nogu� (Nogu� Y Ruf�, 2001: 36): �el romanticismo alem�n desarroll� una concepci�n org�nico-gen�tica de la cultura en tanto que expresi�n de un alma nacional alemana, o volkgeist, formada hist�ricamente en un territorio concreto�. El espacio debe estar en consonancia con las necesidades del pueblo, concepci�n socialdarwinista seg�n la cual los Estados no son sociedades est�ticas sino que estar�an en constante movimiento y competici�n entre ellos, un dinamismo que se expresar� territorialmente. As�, entre los Estados se establece una lucha por el espacio. Renunciar a ella es renunciar al espacio vital y esto conlleva la decadencia de un pueblo. Pero luchar en la medida de sus posibilidades. Toda su teor�a del lebensraum es expresi�n de este posibilismo.
Su interpretaci�n de la responsabilidad hist�rica del pueblo alem�n combina el idealismo-romanticismo y el positivismo de que antes habl�bamos, lo que le sit�a en la principal tradici�n intelectual que construye el discurso nacional-germanista, y participa de �l desde dos perspectivas: por un lado, desde la argumentaci�n de la identidad y la cohesi�n del Estado alem�n, y por otro desde su necesidad de expansi�n, una vez que de nuevo Alemania se codea con el resto de grandes Estados europeos. A partir de Ratzel se desarrolla la escuela de Geopol�tica alemana o Geopolitik que tanta pol�mica ha levantado por su relaci�n con el Nazismo.
En cuanto a Karl Haushofer (1869-1946), es el m�s conocido protagonista de la Geopolitik. General del ej�rcito alem�n, su esfuerzo principal consisti� en institucionalizar la Geopol�tica hasta convertirla en un instrumento cient�fico para el poder, para el Estado. Acepta el lebensraum, como concepto fundamental para la vida del Estado, y el organicismo, presente en su idea de �tierra y sangre�
M�s tarde, con la invasi�n de Polonia y el ataque a la URSS Haushofer se distancia del Nazismo. Con la derrota del Nazismo se acaba la Geopolitik, y tambi�n la Geopol�tica y la Geograf�a Pol�tica acad�micas.
Hasta 1945 el R�gimen tiene como panfleto pol�tico el programa de la Falange. Proyectan una Espa�a como sat�lite del nuevo orden germano, especialmente algunos militares de alta graduaci�n, pues si bien Espa�a se declara neutral durante la Guerra tambi�n es verdad que se siente cerca del ideario alem�n, y adem�s ya en la Primera Guerra Mundial se declara unida espiritualmente a Alemania, como bien podemos apreciar en el pensamiento de V�zquez de Mella.[12]
Se difunde una idea de la Pen�nsula Ib�rica como n�cleo pol�tico en expansi�n. De esta manera Espa�a empieza a reivindicar su propio espacio vital, su lebensraum, con propuestas de reconstrucci�n imperial, significando esto que deber�a ampliar su espacio a Portugal, Am�rica del Sur y Norte de �frica, pueblos con lo que propondr�a una uni�n espiritual al carecer de los medios econ�micos necesarios[13] para llevar a cabo una conquista. Empiezan a ser comunes expresiones como panhispanismo o manifestaciones exteriores de la Hispanidad.
El inter�s por conseguir la expansi�n de la raza y aumentar hasta el m�ximo el espacio vital de Espa�a pasa por discursos que justifican la similitud entre �beros y marroqu�es, unidad en el suelo y de ah� unidad de pueblos. As�, la geograf�a como determinante y aplicaci�n de la teor�a geopol�tica de sangre y suelo[14].
El poder mar�timo se considera esencial para proyectar una pol�tica internacional, para irradiar la raza y la nacionalidad. La pol�tica al servicio del esp�ritu. Pero Espa�a se encuentra con unos inconvenientes para la realizaci�n de este prop�sito que treinta a�os antes ya hab�a mencionado V�zquez de Mella: Portugal y el dominio brit�nico sobre Gibraltar. Estaban justificando cualquier acto destinado a dominar Portugal, como consecuencia de la excelente posici�n geogr�fica de Espa�a y de su misi�n hist�rica civilizadora, bajo la protecci�n de la Providencia.
La derecha reaccionaria espa�ola a trav�s de Acci�n Espa�ola, su paradigma, y siguiendo casi al pie de la letra el influyente pensamiento peninsular de Antonio Sardinha[15] postula una nueva filosof�a de relaci�n hispano-lusa basado en un dualismo de colaboraci�n para la defensa com�n de los valores cristianos de la civilizaci�n occidental -genuina esencia hist�rica de la hispanidad- ante un mundo que se considera descaminado por las nefastas experiencias demoliberales o comunistas.
En los discursos de Jos� Antonio Primo de Rivera, si bien no se hace una referencia expresa a la cuesti�n de la anexi�n de Portugal, hace alusiones constantes a la recuperaci�n del sue�o de la gran Espa�a, con expresiones como la Espa�a eterna o la Espa�a Imperial (Primo de Rivera, 1945: 35). Ensalza el modelo alem�n en un discurso proferido en 1935, donde dice que se trata de una naci�n que ha encontrado un dictador genial, cuyo modelo parte �de la capacidad de fe de un pueblo en su instinto racial� (Primo de Rivera, 1945: 40), expresi�n cl�sica de los alemanes que mencionamos anteriormente para justificar el anhelo de la gran Espa�a y el trabajo por todos los medios posibles para su recuperaci�n. En concreto dir�amos que se est� refiriendo a la responsabilidad hist�rica del pueblo, en cuanto a la cohesi�n del Estado y en cuanto a su expansi�n, expresiones que ya utilizara Ratzel. Y asegura la llegada de las nuevas jornadas imperiales de Espa�a una vez que la Falange llegue al poder.
Declara que Espa�a debe ser un Estado fuerte porque es en s� misma una unidad de destino en lo universal, convirti�ndose en la garant�a de la verdadera libertad de los individuos. Una Espa�a que integre al Estado y al individuo en una armon�a total. La Espa�a de los Reyes Cat�licos �cuyo signo ostentaba nuestro yugo y nuestras flechas� (Primo de Rivera, 1945: 218). Una mezcla muy germana de romanticismo y positivismo, al destacar una visi�n metaf�sica del Estado� y unas formas reales para llevar a cabo la recuperaci�n de la grandeza perdida.
La Geopol�tica para �l es una ciencia capaz de influir en la pol�tica y la estrategia de guerra de los pa�ses. En su libro Espa�a, ente geopol�tico de excepci�n estudia las relaciones entre los acontecimientos, las situaciones mundiales que �sos crean y el terreno. Es decir, la Geopol�tica ser�a para Kindel�n la relaci�n entre geograf�a e historia, donde los factores geogr�ficos determinan los acontecimientos pol�ticos.
Ve Espa�a como espacio vital y entidad geopol�tica de excepci�n en un an�lisis enmarcado en la II Guerra Mundial, y ello porque cree que Espa�a no es Europa (�el espa�ol debe aclarar con firmeza que no se siente completamente europeo� (Kindel�n, 1943:11), por su condici�n de puente (s�mbolo providencial) y por su condici�n de baluarte.
Todo su discurso se apoya en conceptos generales y metaf�sicos heredados de la Geopol�tica alemana. As�, considera la naci�n espa�ola (�Espa�a� es una naci�n porque posee homogeneidad racial y religiosa, historia com�n adornada de grandes empresas, territorio delimitado y probable unidad de destino�, (Kindel�n, 1943:13) como un ser vivo (organicismo) protegido por un alma superior, el alma nacional, que la va a cuidar en los cometidos de extender el territorio y la poblaci�n. Hay que aumentar el n�mero de habitantes y crear un marco geopol�tico (espacio vital) en que sociedad y medio ambiente se interrelacionen de forma productiva para todos (�existen entre el hombre y el terreno que habitan relaciones causales muy estrechas� (Kindel�n, 1943: 6).
El espacio vital espa�ol no llegar� a su m�xima expresi�n hasta que el Estrecho de Gibraltar deje de ser una frontera y el Magreb pase a formar parte de Espa�a, por lo que est� reclamando a Inglaterra la devoluci�n de Gibraltar. Y sin mencionar la extensi�n del espacio vital hasta Portugal sin embargo menciona la hermandad entre Espa�a, el Magreb y Portugal. Ya que Espa�a no es una naci�n imperialista sino colonizadora con la misi�n divina de expandir el cristianismo (Kindel�n, 1943:28). El espacio vital es la unidad geopol�tica b�sica y Espa�a no habr� alcanzado su madurez mientras no llegue a sus n�cleos naturales de expansi�n como son el Magreb de manera expl�cita, e impl�citamente Portugal.
Define seguridad nacional con una doble dimensi�n geopol�tica: por un lado, justifica la� represi�n de cualquier movimiento revolucionario y, por otro, justifica la expansi�n territorial y el establecimiento de baluartes estrat�gicos en el resto del mundo.
Publicado en 1940, Espa�a y Portugal. Incitaciones a una pol�tica de acercamiento espiritual nace tras la firma del Pacto Ib�rico en 1937, mencionado en la �ltima p�gina como medio para preservar la paz en la Pen�nsula, lo que ser� beneficioso no s�lo para los dos pueblos peninsulares sino tambi�n para Inglaterra, punto importante por ser la alianza luso-brit�nica un elemento fundamental de la pol�tica portuguesa.
La Geopol�tica de �lvaro Seminario es, tal y como determina su �poca, un elemento al servicio de la pol�tica que enlaza historia y geograf�a, siendo la historia �la geograf�a que camina� (Seminario, 1940:119) y la fuerza del pueblo su motor. Esto supone lo que siempre hab�a proclamado Jos� Antonio en lo que respecta a la educaci�n del pueblo y su responsabilidad ante el destino de la naci�n.� Para una uni�n espiritual entre los dos pueblos cree necesario conocer el sentido vital como pueblos y revisar los mapas[16] para conocer los dictados de la posici�n geogr�fica, lo cual dota al discurso de Seminario de un car�cter determinista propio de los alemanes.�
La referencia a misiones civilizadoras y uniones espirituales no son m�s que el reflejo de un posibilismo que no permite acometer empresas materializadas en armas y hombres.
Espa�a� y Portugal constituyen un �nico espacio vital habitado por una misma civilizaci�n, aunque ambos pueblos conserven sus caracter�sticas originales. Es decir, se refiere a una uni�n de pensamiento y de acci�n y a una independencia de gobierno, cuando antes ya ha proclamado la creaci�n de una inteligencia hispanolusitana y la anteposici�n del inter�s peninsular al nacional.
La obra com�n a que se refiere Seminario no es m�s que la de mantenerse neutral, y fundirse espiritualmente para el f�cil acceso de Espa�a al Atl�ntico, proclamando a la humanidad la supremac�a de los valores morales frente al mercantilismo del mundo anglosaj�n (Seminario, 1940:43).
Se aprecia a lo largo de todo el libro un desprecio por Inglaterra como obst�culo al dominio espa�ol sobre el Mediterr�neo y por su tratado defensivo con Portugal, lo que merma la capacidad imperial por el oeste y dificulta el acceso al Atl�ntico. La obligaci�n de Espa�a ante ese pacto es defender la independencia de Portugal.
C�digo: neutralidad benevolente
La neutralidad de Espa�a durante la Guerra Mundial, fue m�s una neutralidad impuesta por las circunstancias que por los propios deseos del R�gimen. Se trata de una neutralidad t�cnica y formal hasta la ca�da de Francia en 1940 (Payne, 1996:184). En palabras de Javier Tussel se trata de una neutralidad benevolente con Alemania en 1939, que s�lo volver�a a repetirse en 1945 con Estados Unidos aunque ya antes Monteiro utilizara el mismo nombre en un telegrama del 21 de septiembre de 1939 mandado a Salazar, diciendo que si se llegase a un conflicto general la mejor posici�n para Portugal ser�a la de �neutralidade ben�vola para com Inglaterra, organisando activamente nossas for�as para termos possibilidade interven�ao Espanha como elemento equil�brio e para selar nossa pr�pria seguran�a�.�
Para el Franquismo la necesidad del Tratado era la de salvaguardar la inviolabilidad de sus fronteras occidentales, de la frontera terrestre hispano-lusa, teniendo en cuenta el delicado verano de 1938 y con perspectivas de un m�s que probable alineamiento internacional de ambos pa�ses en una posible guerra europea. Era esencial, pues, imposibilitar un desembarco brit�nico en la costa portuguesa que podr�a poner en peligro la ventaja obtenida en la Guerra Civil
Cuando Nicol�s Franco visita a Salazar en 1938, lo que quer�a saber era la actitud de Portugal en caso de guerra y pregunt� si podr�an garantizar la seguridad de las fronteras terrestres espa�olas asegurando una absoluta reciprocidad, a lo que Salazar le confirm� la posici�n neutral de Portugal, que no cambiar�a su actitud en ning�n caso con respecto a Espa�a (Conversa com o Embaixador de Espanha, en el Monte Caramulo, el 16 de Septiembre de 1938). Espa�a teme en estos momentos de la negociaci�n la presencia en Catalu�a de Rusia y Francia para participar en el desenlace de la Guerra Civil. En cuyo caso Italia resolver�a participar para auxiliar a Espa�a y aprovechar�a los puertos espa�oles, y la neutralidad ser�a inviable. Portugal parece que no ve factible el hecho de que Catalu�a sea invadida, pero lo que lo que s� ser�a peligroso para la neutralidad de ambos ser�a que Italia declarase la guerra a Inglaterra, pues la primera requerir�a el apoyo de las bases espa�olas y la segunda de las portuguesas. O peor incluso que Italia ataque a Francia a trav�s de Espa�a, e Inglaterra auxilie a Francia a trav�s de Portugal. No obstante, Nicol�s Franco hab�a conseguido lo que iba buscando, que era la certeza de que la frontera occidental de Espa�a estaba segura.
El ministro Jordana continuaba con las negociaciones para la firma del pacto de no-agresi�n con Portugal, ya que le preocupan las consecuencias que un conflicto internacional pudieran tener en la Guerra Civil espa�ola. Para convencer a Theot�nio Pereira de la oportunidad del mismo (Telegrama 254 de Theot�nio Pereira a Salazar), Jordana cree que Portugal podr�a atender las colonias una vez que pudieran despreocuparse de la seguridad en la frontera terrestre, conscientes de la importancia del tema colonial para el r�gimen portugu�s. Y Espa�a se impondr�a con ello l�mites en sus acuerdos con terceros.
Tras las declaraciones de Negr�n en la Sociedad de Naciones acerca de los voluntarios en Espa�a se hace necesario pedir que voluntarios alemanes e italianos abandonen Espa�a. La declaraci�n de neutralidad de Espa�a en la guerra europeaa era tan necesaria como la declaraci�n de neutralidad anglo-francesa en la guerra espa�ola. Franco jugar�a, de esta manera, con el factor neutral a su favor: en cuanto el bando republicano dejase de recibir ayuda extranjera la guerra estaba decidida.
Las pretensiones del gobierno espa�ol se alineaban en dos direcciones: primero, y a pesar de la ambig�edad, qued� clara su posici�n cara a un posible conflicto europeo en las negociaciones del Pacto entre Nicol�s Franco y Salazar. Tambi�n se entreve�a una moderada presi�n para conseguir una sustituci�n de la tutela brit�nica por la espa�ola.
Los instrumentos ententistas de 1939 y 1940 denotan disonancias entre los objetivos de Madrid y de Lisboa: neutralizando Espa�a Franco apuntaba hacia cierta satelizaci�n del estado vecino en el orden del mundo que parece enunciar el implacable avance alem�n. La Espa�a de Franco estaba seriamente limitada por su situaci�n interna y geoestrat�gica como para desplegar una activa pol�tica exterior acorde con sus preferencias; la poblaci�n estaba diezmada y exhausta, las destrucciones b�licas hab�an da�ado seriamente la infraestructura productiva, una desesperada situaci�n financiera, y en el plano estrat�gico y militar no hab�a medios para acometer acciones ante posibles ofensivas francesa o brit�nica contra el Marruecos espa�ol, las costas y territorios insulares o las fronteras pirenaica o portuguesa. As�, y aunque la ideolog�a oficial fuese german�fila, la realidad exig�a paz para reconstruir Espa�a y para ello necesitaba la financiaci�n de las potencias aliadas.
Los aliados, Inglaterra y Francia, sus clientes y proveedores tradicionales, ejerc�an un predominio naval que no s�lo amenazaba las v�as de abastecimiento mercantes, sino la propia seguridad de los archipi�lagos espa�oles. Un eventual choque con este bloque supondr�a la segura p�rdida de espacios naturales y la condena al hambre total del pueblo, ya dif�cilmente abastecido. El Eje, Alemania e Italia, gozaba de grandes simpat�as en las fuerzas pol�ticas y militares espa�olas, por su ayuda durante la Guerra Civil.
El Pacto Anti-Komintern, del 27 de marzo de 1939, hab�a sido inicialmente firmado por Jap�n y Alemania, y m�s tarde se adhirieron Roma y Franco. Este entendimiento es un paso hacia la formaci�n de los bloques de la Segunda Guerra Mundial. Y para tranquilizar a las potencias de lo que luego ser�an los Aliados, el Consejo de Ministros declar� la neutralidad de Espa�a el 4 de septiembre de 1939 ante un conflicto surgido entre pa�ses de la misma cultura y an�logos intereses, manteniendo como ministro de Asuntos Exteriores al coronel Beigbeder, de clara filiaci�n angl�fila y partidario de la constituci�n con Portugal de un bloque ib�rico inclinado hacia las potencias navales.
Portugal
Modelo: hermandad litigiosa
Hablamos del modelo como hermanad litigiosa porque con respecto a Espa�a su ret�rica ser�a de hermandad, desde que apoyara al bando nacional en la Guerra Civil hasta la concreci�n en el Pacto� Ib�rico de 1939. Es importante hablar de esta amistad porque una de las l�neas clave en la pol�tica exterior de Portugal hab�a sido la no-intervenci�n en los asuntos del pa�s vecino ya que pod�a salir mal parado en caso de apoyar al bando perdedor. Pero es una hermandad litigiosa porque busca la neutralidad de Espa�a en la deflagraci�n mundial, porque es una hermandad que se defiende del vecino del que nunca se fiar�a en cuanto amenaza a su integridad territorial, dada la cercan�a entre las ideolog�a nazi y franquista. El punto principal de su pol�tica exterior en este momento es la cuesti�n de Espa�a. Y es litigiosa tambi�n porque, como ya veremos, no firmar� ning�n documento que vincule su neutralidad.
Durante la institucionalizaci�n del R�gimen, en los a�os 30, hay una media alta de pronunciaci�n de discursos, que se mantuvo hasta mediados los 40 por la Guerra Civil y la II Guerra Mundial.
Los discursos, �peda�os de prosa que foram ditos� (Martinho, 2001:20) como �l los llamaba, fueron la forma de comunicaci�n privilegiada por Salazar para transmitir sus ideas, acompa�ados despu�s de todo un camino pol�tico. El discurso fue utilizado para legitimar el poder del jefe y del propio sistema. Si seguimos el an�lisis hecho por Martinho (Martinho, 2001: 67 y ss), vemos que el tiempo que nos ocupa pertenece a la etapa en que m�s discursos ofrece Salazar, motivados tanto por el posicionamiento de Portugal en la Guerra Civil espa�ola como por la II Guerra Mundial.
Terminada la Guerra Civil, la II Guerra Mundial pas� a ser el principal leitmotiv para las intervenciones de Salazar en el �mbito de la pol�tica externa. Una vez que anuncia la neutralidad de Portugal en esa guerra, la ocasi�n era perfecta para exigir sacrificios por parte de la poblaci�n, y tal posicionamiento justificaba toda dificultad. Salazar apel� desde bien pronto a este esp�ritu de sacrificio del pueblo portugu�s. Alegaba que el pa�s era pobre por motivos geogr�ficos. La situaci�n en la que viv�an los portugueses era equiparada al Purgatorio. Lo cual tambi�n era un fundamento para el autoritarismo gubernamental, �� facil de ver o governo mostrar a necessidade de sacrificios; mas aceitar de boa vontade esses mesmos sacrificios, chegar a am�-los es quase virtude de santos� (Martinho, 2001: 122).�
El exagerado numero de veces en que profiri� discursos para conmemorar determinados eventos como el 28 de mayo[17]pruebas que el r�gimen y, consecuentemente, su jefe estaban empe�ados en adoctrinar a la poblaci�n en los principios nacionalistas del Estado Novo, y que utilizaban cualquier mecanismo de propaganda para servir a ese fin. Hablamos de un juego de informaci�n/adoctrinamiento para forjar una educaci�n en la cultura del patriotismo.
Adem�s de las palabras hubo otros medios que funcionaron para mantener acomodada a una poblaci�n poco informada y con reducidos recursos econ�micos para mantener la naci�n adormecida con el aliciente de la cultura oficial, perpetuar la ilusi�n de la paz y la felicidad, en fin, fomentar el vivir habitualmente.
Entre noviembre de 1936 y febrero de 1947 desempe�� el cargo de Ministro de Asuntos Exteriores. Cuando en septiembre de 1935 empezaron a perfilarse movimientos tendentes� a la alteraci�n del orden internacional Salazar aclar� las l�neas maestras de la pol�tica exterior portuguesa que se basaban en el procedimiento tradicional: no implicaci�n en conflictos europeos, desarrollo del poder y de la acci�n colonial y fidelidad a la alianza luso- brit�nica. En su discurso A ordem publica em Portugal e os acontecimentos de Espanha daba a entender que otro de los principios base de la pol�tica externa ser�a la amistad con Espa�a, lo que implicaba la defensa de un r�gimen amigo. En el mismo discurso dir�a que �a Inglaterra comprende a delicadeza da nossa posi�ao e nao ha-de estranhar que o nosso modo de ver sobre os problemas peninsulares seja mais rigoroso que o seu pr�prio. E porque tem da alian�a com Portugal, quanto ao objecto e modo de funcionamento, uma no�ao diferente da dos que formulam tao aflitivas d�vidas, respeita as diverg�ncias, acompanha as discussoes e certamente nos dara em contrariedade razao naquilo em que logramos convenc�-la�. 10 de septiembre de 1936. (Martinho, 2001:178).
En octubre de 1938 Salazar afronta� la campa�a electoral; el sufragio que se har�a en el pa�s ser�a s�lo para resaltar la confianza del� mismo a la revoluci�n nacional aunque los temas que tratara en la campa�a fueran la paz internacional y el progreso de la naci�n. Se mostr� convencido de que la crisis europea estaba acabada, y en el caso de que se diera el conflicto, manifiesta que Portugal no se ver�a envuelto en el mismo para ahorrar sufrimientos al pueblo. Lo que estaba haciendo de una forma velada, era anunciar la neutralidad en una guerra que �l consideraba inevitable. Tambi�n justific� la participaci�n en la guerra de Espa�a para combatir las fuerzas comunistas.
Pr�ximo el final del conflicto en Espa�a Salazar daba a conocer expresamente� su esperanza en una victoria nacionalista, diciendo ��xala a vit�ria da verdadeira Espanha nacionalista possa em breve constituir base indestrut�vel dessa pol�tica de rec�proca seguran�a�[18]. En el mismo tiempo, se verificaban movimientos que conducir�an al Tratado de Amistad y No Agresi�n o de Buena Vecindad como algunos lo denominaron (Franco Nogueira, 1966:175)
La neutralidad portuguesa fue la primera reacci�n a la eclosi�n de la II Guerra Mundial, y fue considerada por Salazar como �o mais alto servi�o ou a maior gra�a da Provid�ncia para o povo portugu�s�[19]. Esta consideraci�n fue acompa�ada de otras dos ideas fundamentales en el mismo discurso: la declaraci�n de fidelidad a la alianza con Inglaterra y la alerta para la necesidad de sacrificio y de esp�ritu de disciplina ya que la situaci�n internacional traer�a necesariamente dificultades. En cuanto a la durabilidad de tal actitud dec�a que �sta estar�a sujeta a continua revisi�n por lo que nunca hablar�a de una neutralidad definitiva. �Ela depende mais dos factos que dos prop�sitos, mais de outros que a desrespeitem de que do pr�prio que pretenda mant�-la. Nem isto quer dizer que nao haja uma politica de neutralidade mais significa que, estando o mundo em guerra, mal pode algu�m afirmar que em quaisquer circunst�ncias se lhe conservar� estranho�[20].
El apoyo que Salazar buscaba de Inglaterra, que continuaba considerando como la potencia tutelar en el� mundo occidental, no pudo encontrarlo ya que Inglaterra con la II Guerra Mundial era sustituida por Estados Unidos.
La tem�tica colonial es fundamental en los discursos de Salazar. Define la naci�n como un todo org�nico integrando la metr�poli y las colonias, que se pretende que tambi�n funcione como un todo a nivel econ�mico. Define la pol�tica colonial portuguesa como misi�n hist�rica, sin inter�s econ�mico, que pretende llevar la civilizaci�n y la religi�n cristiana a africanos y asi�ticos, acentuando el car�cter miserable del pueblo africano comparado con el genio civilizador portugu�s (Franco Nogueira, 1966:190). Sin embargo Salazar incurre en contradicciones a este respecto, pues incluso el Acto Colonial propio destaca la importancia econ�mica de las colonias, pretendiendo sacarles el mayor provecho posible, hasta el punto de reintroducir el sistema de trabajo semi-esclavo. Pero a partir de los a�os cuarenta deber� cambiar su discurso ante las presiones internacionales a prop�sito de la descolonizaci�n.�
En lo que se refiere a la pol�tica exterior presenta, como ya vimos, m�s que direcciones dogmas. Pero este discurso dogm�tico dar�a paso a uno m�s maleable, dependiendo de las circunstancias del momento a las cuales Salazar adapt� su discurso de manera sistem�tica. Es lo que Martinho llama estrategias de ret�rica (Martinho, 2001:202).
Su juventud estuvo marcada por la influencia de Ant�nio Sardinha y del Integralismo Lusitano. En 1937 es nombrado agente especial del gobierno portugu�s junto al r�gimen franquista y representante de la legi�n portuguesa durante la Guerra Civil. En junio de 1938, con el reconocimiento de jure del gobierno de Burgos por parte de Portugal, Theot�nio Pereira es nombrado embajador en Espa�a. En cuyo caso ser� el principal ejecutor de la pol�tica diplom�tica peninsular salazarista antes y durante la II Guerra Mundial, con un papel decisivo en la celebraci�n del Pacto Ib�rico y en el prop�sito de mantener a Franco fuera de la �rbita de las potencias del Eje.
Cuando Theot�nio Pereira habla de la pol�tica exterior de Portugal, no lo hace de forma muy diferente a como lo hace Salazar, si bien no adopta un estilo tan solemne, dogm�tico como antes dec�amos, sino desde una posici�n m�s cercana a lo que supone ser un diplom�tico.
En sus memorias hace referencia a 1938 como el a�o en que se reconoce al gobierno de Franco como el leg�timo de Espa�a, lo que seg�n �l es acogido con gran alegr�a por parte de ambos pueblos. Califica la posici�n de Portugal con respecto a Espa�a de sano idealismo, pero no de ese idealismo conceptualista de que se habla en Inglaterra y en la Espa�a rebelde, como los ingleses llaman al bando franquista; se trata de un idealismo que lleve a la justicia y a la civilizaci�n, mezcla de idealismo de conceptos y realismo empirista. La posici�n de Portugal con respecto a la guerra en Espa�a siempre hab�a sido clara, lo que en su momento pudo ser un punto de fricci�n con respecto a su relaci�n con Inglaterra, aunque �sta reconocer�a el error cometido por no haber apoyado al bando nacional
Otro de los grandes temas que Theot�nio toca en sus memorias, adem�s de las relaciones con Espa�a y con Inglaterra, es el estatus de potencia colonial que a Portugal le corresponde: �Portugal conserva um imp�rio ultramarino vast�ssimo� (Comiss�o Do...Theot�nio�, 1987:124). Utiliza tambi�n un lenguaje a veces m�stico y civilizacional, al referirse a la misi�n cristiana de Portugal m�s all� de sus fronteras, haciendo milagros, expandiendo la raza blanca por los otros continentes (Theot�nio Pereira, 1938:5). Y no habla en los mismos t�rminos que la Espa�a falangista del imperialismo, pero cree necesario que la memoria colectiva conserve lo que es el resultado de la �ac�ao milen�ria de for�as espirituais� ((Comiss�o Do...Theot�nio Pereira, 1987: 130). No en vano cree que el nacionalismo es la existencia de una herencia hist�rica en la vida de un pueblo y la conciencia de los deberes que ella impone (Theot�nio Pereira, 1938:4). Puede apreciarse la influencia de Sardinha cuando habla de la civilizaci�n cristiana y de su cruzada en t�rminos peninsulares, y habla del esfuerzo portentoso con que la Pen�nsula Ib�rica ha contribuido para la formaci�n de las naciones sudamericanas. A �l se refiere en numerosas referencias en su breve ensayo Nacionalismo Portugu�s (Theot�nio Pereira, 1938:16-19).
De esta manera la justificaci�n ante un m�s que probable pacto peninsular sale reforzada.
Fue un personaje central en la historia de un largo per�odo del Estado Novo. Hay quien lo apunta como el ministro m�s importante de Salazar. Llevar�a a cabo la transformaci�n del Ej�rcito, la efectiva sumisi�n de una �lite militar y de toda la instituci�n al r�gimen militar que dirig�a. Aparece, de forma simult�nea, como productor de leyes para el Ministerio de la Guerra y como informador de Salazar acerca de los movimientos de la intriga pol�tica interna.
Discurre constantemente acerca de la pol�tica militar y de la relaci�n de �sta con la pol�tica externa. Presenta el sistema de Naci�n Armada y defiende la obligaci�n universal del servicio militar. Cree que en �frica el mejor ej�rcito es el compuesto por los de all� naturales. Reflexiona sobre si el centro de gravedad se debe o no situar en el mar, e indica que es preciso ponderar las siempre c�clicas ambiciones de los gobernantes espa�oles sobre Portugal y las hip�tesis de un conflicto de este viejo aliado de Inglaterra con Espa�a.
Salazar era Ministro de la Guerra en mayo de 1937 y a finales de ese a�o hace publicar la legislaci�n que Santos Costa le prepar� acerca de la organizaci�n del ej�rcito, del rearme y la reorganizaci�n de los cuadros. Consigue entonces la neutralizaci�n de la facci�n militar que apostaba por una nueva forma de poder. Jug� como quiso con la promoci�n y la neutralizaci�n de los oficiales. El resto fueron medidas ret�ricas de inculcaci�n ideol�gica a los militares conforme era exigido por las circunstancias.
Sus contempor�neos lo caracterizaron de german�filo, viendo en �l la figura del Estado Novo partidaria de la victoria alemana. Pero no se han encontrado documentos suficientes que as� lo indiquen (Comiss�o Do... Santos Costa, 1988:10).
Data de 1934 el Plan de Rearme del Ej�rcito Metropolitano y, si lo mencionamos, no es porque nos interese el plan en s�. En la introducci�n general reconoce que el rearme depende de los medios puestos a su disposici�n y del enemigo y, una vez que �ste se identifica, los factores a tener en cuenta ser�n las posibilidades y, consecuentemente, las necesidades. El enemigo m�s probable en 1935 es la Espa�a de la II Rep�blica y el apoyo que pretend�a dar a la debilitada oposici�n democr�tica portuguesa una vez que en Portugal es aprobada la constituci�n de 1933, con la que se consolida el Estado Novo.
El objetivo era crear cinco divisiones modernas en caso de movilizaci�n; la raz�n de su necesidad es indicada en el proyecto elaborado por Santos Costa, que sirve de base a todo el proceso de rearme: �preparar una guerra defensiva contra Espa�a, sin olvidar las operaciones coloniales que por ventura tengamos que sustentar� (Comiss�o Do... Santos Costa , 1988: 68).�
C�digo: neutralidad defensiva
Como pa�s ib�rico m�s d�bil, Portugal hab�a seguido una pol�tica cautelosa de no intervenir en los asuntos internos del pa�s vecino. Cuando decide apoyar el levantamiento espa�ol se olvidan estas l�neas tradicionales de actuaci�n en nombre de la necesidad de mantener la estabilidad interna del r�gimen. Salazar opta por la no-intervenci�n, como Inglaterra y Francia, para no enfriar su alianza con� Inglaterra pues, si eso pasaba, Portugal corr�a el peligro de que se pusiera en cuesti�n la posesi�n de sus colonias y no podr�a beneficiarse del apoyo brit�nico. La victoria de los nacionalistas en Espa�a y la fuerza creciente del nazismo en Alemania funcionaron como factores externos fundamentales para la consolidaci�n del r�gimen salazarista.
La idea de neutralizaci�n de la Pen�nsula estaba ya presente en Salazar desde meses antes a la propuesta espa�ola de pacto de no-agresi�n, en sinton�a con la estrategia brit�nica de guerra y tambi�n porque era la opci�n m�s satisfactoria tanto para su dictadura como para los intereses de las clases dominantes que la sustentaban.
Despu�s de que el 16 de septiembre de 1938 Salazar y Nicol�s Franco se reunieran para hablar de las posiciones de Espa�a y Portugal ante un eventual conflicto europeo, sugiri�ndose la firma del Pacto por la similitud de intereses, el d�a 19 el Ministro de Exteriores espa�ol, Jordana, expondr�a la misma idea a Theot�nio Pereira. Salazar pondera el problema, pues est� claro que un pacto de esa naturaleza corresponde a los intereses de Portugal y a los de Espa�a para garantizar la seguridad de sus fronteras. Y supone que tambi�n ser� del inter�s de Inglaterra por asegurarse una zona de paz en la Pen�nsula. Salazar pretende que las relaciones entre Lisboa y Londres sean cordiales, por lo que Monteiro informa al Foreign Office de la postura portuguesa. Monteiro no deja de expresar sus reservas a Salazar pensando que un pacto luso-espa�ol de no-agresi�n podr�a ser interpretado como el deseo de Franco de quedar libre, garantizada la retaguardia con Portugal, para atacar Francia siguiendo �rdenes de Alemania e Italia. Aunque si Alemania e Italia no respetaban la neutralidad espa�ola Inglaterra no podr�a hacerlo con la de Portugal, al necesitarlo para enfrentarse a una coligaci�n italo-espa�ola.
Tras el primer contacto entre Nicol�s Franco y Salazar, �ste deja que el asunto se enfr�e hasta haber conseguido la aquiescencia brit�nica. Pero una vez recibida dej� pasar algunos meses m�s antes de retomar los contactos, que solamente decidi� proseguir ante las presiones del Foreign Office. La raz�n de la reluctancia al pacto por parte de Salazar hay que buscarla en la cuesti�n colonial dado que tem�a un nuevo pacto germano-brit�nico de reparto de las colonias portuguesas, como tambi�n tem�a una posible acci�n negativa de los pa�ses del Eje que consideraran sus intereses contrariados por el pacto.
Obtenido el benepl�cito ingl�s para la firma del Tratado, Salazar pide a Franco que se aproxime a Francia y exprese su intenci�n de neutralidad en caso de conflicto generalizado. Franco as� lo hace, mas� a cambio de que Francia deje de auxiliar al bando republicano. Salazar se convierte en el mediador entre el comit� de Londres[21] y Franco para dejar marchar a los voluntarios.
A pesar de todo Salazar, de acuerdo con Santos Costa, aument� los encargos urgentes de material de guerra a casas suministradoras de Inglaterra, Francia, B�lgica y Checoslovaquia. Salazar sabe que una Espa�a apoyada por Rusia significaba una Espa�a desligada de Europa. Situaci�n que ser�a extensible a Portugal. El acceso al Mediterr�neo quedar�a tapado. Y con las islas del Atl�ntico y grandes �reas del �frica austral subordinadas a un poder pol�tico con esa ideolog�a la posici�n estrat�gica del Atl�ntico quedar�a alterada y el acceso al �ndico dificultado. En Francia saldr�a reforzado el Frente Popular y, de esta manera, el coraz�n de Europa cercado por fuerzas hostiles. El debilitamiento de Inglaterra ser�a inevitable y eso no le era ajeno a Portugal. Si el conflicto europeo estallaba Portugal deb�a mantenerse neutral y esto s�lo era posible con una Espa�a neutral.
El problema que se presenta es el de� la victoria del ej�rcito espa�ol o el de la implantaci�n del comunismo en poco tiempo. Salazar, en cuanto a su pol�tica respecto a Espa�a, estaba especialmente empe�ado en prevenir una influencia rusa. Pero tambi�n decidido a evitar que del auxilio de los gobiernos alem�n e italiano a Franco, Berl�n y Roma obtuviera una posici�n privilegiada en Espa�a. Si en Espa�a se consolida un r�gimen de extrema derecha se alinear� necesariamente en uno de los campos contendientes, y entonces Portugal se alinear� necesariamente en el mismo campo, y ser� campo de batalla con fuerzas del bando contrario.
As�, para la neutralidad de Espa�a es necesario que no quede como feudo de los totalitarismos de la derecha. Si el combate se daba entre democracias y potencias totalitarias, Portugal estar�a entre fuegos cruzados librados en territorio portugu�s por intereses no portugueses. Por tanto la neutralidad portuguesa apenas era viable si Espa�a tambi�n lo era, por lo que hab�a que conseguir que Espa�a tuviera un r�gimen que quisiera y consiguiera ser neutral. De ah� que el 19 de julio de 1936 Salazar resuelva enfrentarse a las potencias internacionales que se enfrentan en Espa�a� e intenta conseguir que triunfe el gobierno de Franco que �l pens� que podr�a ser neutral en una guerra generalizada. Ante una eventual entrada de Espa�a en la guerra Portugal se ver�a obligado a intervenir tambi�n aumentando as� los riesgos que Salazar pretend�a evitar con la neutralidad: mayores dificultades econ�micas, eventual desmantelamiento del Imperio colonial y, seguidamente, derrumbe del Estado Novo. Se trata de una neutralidad defensiva, de la misma manera que en estos tiempos habla de la alianza con Inglaterra tambi�n en t�rminos de defensa.
Portugal prepara fuerzas portuguesas que pudieran defender la neutralidad en caso de conflicto generalizado y, llegado el caso, que pudieran cooperar dignamente con fuerzas extranjeras. De ello se ocupar�a el Ministro de Defensa, Santos Costa, ejecutor de la nueva pol�tica de rearmamento, con el encargo de material de guerra a alemanes, belgas e italianos, entre otros. Lo que conllevaba ciertas divergencias en cuanto a su alianza con Inglaterra. La soluci�n vino con la revisi�n de la alianza, declarando lo importante que era para Portugal su alianza con Inglaterra y, m�s importante, el compromiso por parte de Inglaterra de proveer a Portugal de material de guerra con grandes facilidades financieras. As�, reafirmaci�n de la alianza y rearme son dos puntos inseparables en la concepci�n pol�tica de Portugal. Era el momento de Munich y Salazar recib�a un mensaje desde el gobierno ingl�s destinado a expresar la gratitud del Imperio Brit�nico as� como de la Corona a la alianza luso-brit�nica, y piden su colaboraci�n en caso de conflagraci�n mundial.
En este clima Londres resuelve el reenv�o a Portugal de una misi�n militar brit�nica, a la cual no se ponen objeciones, pero hay una cuesti�n de fondo: la cuesti�n de �frica. Corren rumores de que hay un plan secreto preparado por Chamberlain y el Colonial Office para reparar las ambiciones coloniales de Alemania con parte del �frica belga y portugu�s. Sin aparente nexo entre la misi�n militar y la cuesti�n africana, el enviado ingl�s entrega un memorando con los objetivos de la misma� y otro referente a la alianza, en el cual se dice que el Foreign Office quiere actualizar el texto de la alianza, y ofrece a Portugal la seguridad de que el gobierno brit�nico actuar�a diplom�ticamente si Portugal fuese amenazado por Espa�a o cualquier otro pa�s; defender�a a Portugal y su Ultramar por medios navales y a�reos, y ayudar�a a Portugal a comprar armamento al Reino Unido. Y mientras si por parte de ambos gobiernos se da luz verde a la revisi�n de los textos, la misi�n militar brit�nica completa los nuevos contactos con los colegas portugueses estudiando los problemas de defensa a la luz de las circunstancias internacionales.
Al aproximarse el fin de la guerra en Espa�a, una vez que Barcelona y, con ella, el norte de Espa�a capitula, en Portugal se preocupan por las malas relaciones entre el gobierno de Franco y Par�s. Dada la relaci�n de amistad entre Francia e Inglaterra, �sta no podr�a aproximarse a los nacionalistas sin despertar recelos en aqu�lla, y el estrechamiento de relaciones entre Portugal y la Espa�a nacionalista podr�a chocar con la alianza brit�nica si Inglaterra era aliada de una Francia enemiga de Franco; y para Londres ser�a m�s f�cil aproximarse a Franco si las relaciones entre Francia y Espa�a eran menos tensas. Es entonces cuando Pedro Theot�nio le dice a Jordana que las reservas de Francia ante Franco se deben a la alarma nacional delante de lo que Par�s consideraba ser posiciones tomadas por Alemania y por Italia en la Pen�nsula y en el Mediterr�neo. Pero Portugal s�lo podr�a mediar en el Comit� de Londres si Espa�a declaraba que no ten�a compromisos con Alemania e Italia en materia de posiciones en Espa�a, Baleares o Marruecos. Jordana dice que podr�an hacer esas afirmaciones en su nombre. El 14 de febrero de 1938 Francia reconoc�a el gobierno de Franco.
Una vez que se han solucionado los problemas que en Portugal se antepon�an a la firma del Pacto luso-espa�ol, ahora pod�a proseguirse la negociaci�n del tratado de no-agresi�n propuesto por Nicol�s Franco. Teixeira de Sampaio lo convoca en febrero, a la vez que entregaba un contraproyecto portugu�s, el cual como ya vimos despertara alg�n desacuerdo en la parte espa�ola porque Franco quer�a que ambos pa�ses subordinaran al Pacto todas sus obligaciones con pa�ses terceros. Pero Espa�a acatar�a el texto portugu�s y el 17 de marzo se firmaba. El 1 de abril la guerra en Espa�a acababa.
As�, y tras el discurso que Salazar dio el 22 de mayo de 1939 en el que hablaba de las prioridades para con Inglaterra, de la buena vecindad con Espa�a; tras las garant�as de neutralidad de Espa�a, las buenas relaciones con Italia y Alemania, y con la cesi�n inglesa con respecto al rearme, Portugal se sent�a preparado para afrontar una hipot�tica deflagraci�n mundial.
Mas es preciso se�alar lo que Nogueira dice acerca de la neutralidad portuguesa. Adem�s de que Salazar dej� claro que la alianza luso-brit�nica era defensiva aunque no por eso funcionaba autom�ticamente, no hizo ninguna declaraci�n solemne de neutralidad sino que mencion� solamente una situaci�n de neutralidad. No publica ning�n decreto u otro documento legal que refiera una declaraci�n de neutralidad (Nogueira, 1966:228).
Podemos decir, pues, que entre 1939 y 1945 la pol�tica exterior portuguesa se destina a la unidad estrat�gica de la Pen�nsula, asegurando su neutralidad, a diferenciar el espacio atl�ntico del continental, y a hacer depender su neutralidad de la evoluci�n de los acontecimientos
Ep�logo
Llegados a este punto se nos plantea la cuesti�n de si es posible a�adir algo. Pecando quiz� de osados, tenemos algo m�s que decir.
En ning�n momento se ha tenido en cuenta que el Pacto no se firma entre dos Estados, sino entre un Estado y un gobierno que no ejerce sobre todo el territorio espa�ol. Esto es importante en la medida en que, si bien el Pacto persigue la neutralidad de Espa�a en la contienda mundial que estaba a punto de estallar, Franco condiciona la misma a la declaraci�n de neutralidad por parte de Francia para que deje de auxiliar al bando republicano y cierre su frontera a las ayudas que pudiesen llegar de Rusia. Y es que tras el discurso de Negr�n en la Sociedad de Naciones, el bando republicano se encuentra alto de moral, por lo que era necesario asegurarse una victoria que no dejaba de causar problemas.
El Pacto Ib�rico asegura la neutralidad espa�ola en la contienda europea, pero tambi�n la neutralidad de los Aliados en la guerra de Espa�a. Contribuy�, por tanto, a la victoria de Franco. Portugal nunca dejar�a de considerar a Espa�a el tradicional enemigo que hace peligrar la integridad del territorio luso. C�mo se explica si no que, tras decir que ser�a neutral, proceda al rearme. Es por ello que creemos que no hicieron una declaraci�n formal de neutralidad. Con o sin Pacto, lo cierto es que la amenaza espa�ola no desaparece, y menos a�n cuando desde el interior del r�gimen franquista hay n�cleos que consideran accidental la existencia de Portugal como estado independiente, y formulan sus pol�ticas atendiendo a la recuperaci�n del status de Estado Imperial.
Por lo que a la neutralidad respecta, depende de Italia m�s de lo que se ha considerado, ya que si Italia hubiera sido beligerante desde el momento en que se declara la guerra, el Mediterr�neo se hubiera convertido en teatro de operaciones. Quiz�s Espa�a hubiera tenido que entrar en la guerra a su lado, lo que hubiera supuesto la invasi�n de Portugal para evitar que los ingleses establecieran bases en el puerto lisboeta.
Por ello, podemos pensar que otro de los objetivos del Pacto es que Francia no intervenga en Espa�a, pues de haber ocurrido hubiera provocado el auxilio de Italia.
Y ya siguiendo la opini�n de otros autores, creemos efectivamente que el Pacto consigue la neutralizaci�n de la Pen�nsula con la prohibici�n de intervenci�n militar en su suelo. Con ello se consegu�a una mayor independencia pol�tica para los dos Estados peninsulares. Espa�a tratar�a de sacar a Portugal de la �rbita inglesa para reafirmar su poder en la Pen�nsula, y Portugal trataba de defender su r�gimen.
Portugal, adem�s, estaba protegiendo su patrimonio colonial de ciertas veleidades occidentales que pudieran tratar de repart�rselo. El Pacto conservaba intacto su imperio.
Lo que est� claro es que, tanto Franco como Salazar, de lo que tratan en todo momento es de cuidar sus respectivos reg�menes, orientando su pol�tica exterior a mantenerse en el poder utilizando a su favor la situaci�n geoestrat�gica de la Pen�nsula, y haciendo de �sta un elemento providencial. Sus discursos se orientar�n a justificar cualquier acci�n que se lleve a cabo en beneficio para sus pueblos, y si era el momento de sacrificarse que lo hicieran en nombre de ese ente divino que es el Estado como espacio que se funde con el individuo.
Notas
[1] Armindo Monteiro ser�a Ministro de Asuntos Exteriores hasta noviembre de 1936 y despu�s embajador en Londres.
[2] En marzo de 1939 Hitler hace caso omiso a los compromisos adquiridos en Munich y ocupa Praga y establece los protectorados de Bohemia y Moravia
[3] Noviembre y diciembre de 1940 son los meses de m�ximo peligro para Espa�a en la fase alemana de la guerra. El Estado Mayor alem�n, reunido con Hitler, decide acelerar la Operaci�n F�nix contra Gibraltar. Cincuenta expertos alemanes estudian en Madrid los detalles de la Operaci�n y de la posible invasi�n alemana de Portugal a trav�s de Espa�a, para lo que necesitaban el acuerdo de Espa�a.
El 12 de noviembre Hitler firma su XVIII Instrucci�n General para la ejecuci�n de la Operaci�n F�nix sobre la toma de Gibraltar. Pero el fin general de la Operaci�n es englobar toda la Pen�nsula en el teatro de operaciones de los pa�ses del Eje y expulsar la flota inglesa del Mediterr�neo Occidental. El primer paso era la toma de Gibraltar, el segundo era invadir Portugal a trav�s de Espa�a si Inglaterra violaba la neutralidad portuguesa, y el tercero era trasladar al norte de �frica dos divisiones para asegurar esa zona. El mando nominal de la Operaci�n se reconocer�a al Jefe del Estado Espa�ol. Si los espa�oles aceptaban pod�an participar en el asalto a la roca pero su misi�n es asegurar el campo de Gibraltar hasta la llegada de las tropas alemanas. La entrada en Espa�a se har�a por Ir�n. Se debe considerar a Espa�a como pa�s aliado y aparentar que son los espa�oles quienes defienden las dos orillas del Estrecho una vez realizada la Operaci�n. Raz�n Espa�ola. Franco frente a Hitler, por R. De la Cierva.
[4] Seg�n Fernando Martins, el hecho de que el Pacto tardara meses en firmarse se debi� al hecho de que Portugal pensaba que en caso de un acercamiento a Espa�a a trav�s del mismo, el posterior acercamiento entre Inglaterra y Espa�a y, sistem�ticamente, tambi�n con Italia, podr�a gestar un entendimiento italo-brit�nico para la partici�n del imperio colonial portugu�s. (Martins, 2001:154)
[5] Militares y voluntarios portugueses en Espa�a integrados en la Misi�n Militar Portuguesa de Observaci�n, en la Legi�n Extranjera o en las milicias carlistas, pero nunca hubo un cuerpo militar combatiente que integrase exclusivamente portugueses.
[6] Adoptamos la denominaci�n de Jos� Medeiros Ferreira al referirnos a las razones intra y extra peninsulares
[7] Secretario General del Ministerio de Asuntos Exteriores de Portugal.
[8] Hemos recogido todas estas opiniones en Jim�nez Redondo, 1996:40 y ss.
[9] Y� otros que participar�an en la creaci�n de varios think-tanks en Estados Unidos como el Brooking Institution, el Centro de Estudios Pol�ticos, o el Centro de Estudios Estrat�gicos e Internacionales.
[10] Ya ha sido mencionado antes en este trabajo. En su libro �El Gran Tablero Mundial� hace apolog�a de la supremac�a norteamericana respecto a cualquier otra parte del mundo o civilizaci�n. Utiliza el modelo de Mackinder, con una vuelta a la teor�a del enfrentamiento entre potencias mar�timas y terrestres. Coincide con la tesis de Samuel Huntington y su choque de civilizaciones. Fue consejero para la Seguridad Nacional de la Presidencia de los Estados Unidos desde 1977 a 1981.
[11] Recogemos las opiniones de Reguera, Nogu� y Ruf�, para orientarnos en torno a la Geopol�tica alemana.
[12]Los tres dogmas nacionales se trata de un discurso de 1915. Los tres ideales de Espa�a son el control del Estrecho, la federaci�n con Portugal y una confederaci�n t�cita con los Estados sudamericanos. Proclama que la neutralidad de Espa�a en la I Guerra Mundial no lo es de la naci�n que est� al lado de Alemania. Habla de panhispanismo de la misma forma en que se habla de pangermanismo o paneslavismo, y Espa�a necesita el Estrecho para tener la soberan�a sobre toda la Pen�nsula, la soberan�a indirecta sobre Portugal y para ser una potencia mar�tima, al ser el punto de apoyo de Alemania en el Mediterr�neo. �
[13] Expresi�n del posibilismo de que ya habl�ramos al referirnos a la Geopolitik.
[14] El Coronel Ram�n Armada har�a suya la frase de Alejandro Dumas, �frica empieza en los Pirineos, para justificar las propuestas de dominaci�n de Espa�a sobre Marruecos (Reguera, 1991:34).
[15] Ant�nio Sardinha fue portador de lo que dio en llamarse Alian�a Peninsular. Persegu�a conseguir que Portugal entendiera que para seguir con su misi�n civilizadora deb�a producirse una alianza con Espa�a, sabiendo que �sta tambi�n necesitaba a Portugal para proseguir la suya. Hablaba de Hispanismo, que ven�a de Hispania y no de Espa�a, para aclarar que se trataba de dualismo pol�tico bajo la unidad hisp�nica. Esto lo escrib�a Sardinha en���� 1920. (Saraiva, M. 1972)
[16] Para Haushofer el instrumento m�s importante de la Geopol�tica es el mapa sugestivo (Kindel�n, 1943:8).
[17] El 28 de mayo de 1926 sucumbe la I Rep�blica Portuguesa al movimiento militar comandado por el General Gomes Costa.
[18] Discurso Preocupa�ao da paz e preocupa�ao da vida. 27 de octubre de 1938
[19] Discurso Defesa econ�mica- defesa moral-defesa pol�tica. 25 junio de 1942
[20] Neutralidade portuguesa no conflito europeu 1 septiembre de 1939
[21] Creado en Londres en septiembre de 1936, en �l se decretaba la no-intervenci�n en la guerra de Espa�a. Se basaba en una declaraci�n franco-brit�nica, y el pre�mbulo s�lo fue aceptado por algunos pa�ses, entre los cuales no estaban Italia y Alemania, que no se compromet�an a abstenerse de injerencia en los asuntos de Espa�a. El acuerdo carec�a de fuerza vinculante. Dos meses despu�s Portugal, Alemania e Italia reconocen el Gobierno de Burgos, lo que dificultaba la labor del Comit�.
Bibliograf�a
�LVAREZ PALENZUELA, Vicente. Jornadas de cultura hispano-portuguesa. Madrid. Universidad Aut�noma. 1999. 415 pp.
ARQUIVO HIST�RICO DIPLOM�TICO DO MINIST�RIO DOS NEG�CIOS ESTRANGEIROS. Pso. 2, Arm. 48, Ma�o 269. Rela�oes pol�ticas com a Espanha. 1938-1953. Lisboa.
BERNARD RACINE, Jean. Discurso Geogr�fico y Discurso Ideol�gico. Perspectivas epistemol�gicas. Geo-Cr�tica. Barcelona: Universidad de Barcelona. Enero 1978. N� 13. <http://www.ub.es/geocrit/geo7.htm>. [29 de noviembre de 2002].� ISSN: 0210-0754.
BRZEZINSKI, Zbigniew. El gran tablero mundial. La supremac�a estadounidense y sus imperativos geoestrat�gicos. Barcelona. Paid�s. 1998. 229 pp.
CAIRO CAROU, Heriberto. Elementos para una Geopol�tica Critica: tradici�n y cambio en una disciplina maldita. Revista Eria. 1993.� P�ginas 195-213.
CAPEL, Horacio. La geograf�a espa�ola tras la guerra civil. Revista Geo-Cr�tica. Barcelona: Universidad de Barcelona. Enero de 1976. N� 1. P�ginas 5-36. (Cuadernos Cr�ticos de Geograf�a Humana). <http://www.ub.es/geocrit/geo1.htm>. [15 de febrero de 2003]. ISSN: 0210-0754.
CIERVA, Ricardo de la. Franco frente a Hitler. Raz�n Espa�ola. 1995. N� 105.�� <http://galeon.hispavista.com/razonespanola/r105-hit.htm>. [5 de abril de 2003]. ISSN: 1697-1388.
COMISSAO DO LIVRO NEGRO SOBRE O REGIME FASCISTA. Correspond�ncia de Santos Costa com Salazar. 1931-1944. Lisboa. 1988. 439 pp.
COMISSAO DO LIVRO NEGRO SOBRE O REGIME FASCISTA. Correspond�ncia de Theot�nio Pereira com Salazar. Lisboa. 1987. 284 pp.�
DEBORD, Guy. La Sociedad del Espect�culo. Valencia. Pre-Textos. 2002. 180 pp.
FRAGOSO, Embaixador Jos� Manuel. A Hist�ria Diplom�tica de Portugal. Lisboa. Real Gabinete Portugu�s de Leitura. 1997. 230 pp.
FUNDACI�N NACIONAL FRANCISCO FRANCO. Franco y la Segunda Guerra Mundial. 2002. <http://www.ctv.es/USERS/fnff/guerramundial.htm>. [3 de mayo de 2003].
GALTUNG, Johan. Fundamentalismo U.S.A. Fundamentos teol�gico-pol�ticos de la pol�tica exterior estadounidense. Barcelona. Icaria M�s Madera. 1999. 101 pp.
JIM�NEZ CABALLERO, Ernesto. La espiritualidad Espa�ola y Alemania. Proyecto Filosof�a en Espa�ol. 1942. Cuaderno 3. pp. 51-57. <http://www.fiosofia.org/hem/194/1942bje1.htm>. [19 de septiembre de 2003].
JIM�NEZ REDONDO, Juan Carlos. Franco e Salazar. As relaVoes luso-espa�olas durante a Guerra Fria. Lisboa. Ass�ro & Alvim. 1996. 262 pp.
KINDEL�N Duany, Alfredo. Espa�a. Ente geopol�tico singular. Madrid. Escuela Superior del Ej�rcito. 1943. 31 pp.
L�ONARD, Yves. Salazarismo e Fascismo. Lisboa. Ed. Inqu�rito. 1996. 200 pp.
LOSADA MALV�REZ, Juan Carlos. Ideolog�a del Ej�rcito Franquista. 1939-1959. Madrid. Itsmo. Colecci�n Fundamentos. 1990. 323 pp.
MARTELO, David. A espada de dois gumes. As For�as Armadas do Estado Novo, 1926-1974. Lisboa. Publica�oes Europa-Am�rica. 1999. 286 pp.
MARTINHO GASPAR, Jos�. Os discursos e o Discurso de Salazar. Lisboa. Ed. Pref�cio. 2001. 247 pp.
MARTINS, Fernando, ed. Diplomacia e guerra. Pol�tica externa e pol�tica de defensa em Portugal do final da Monarquia ao Marcelismo. Evora. EdiVoes Colibri. CIDEHUS. 2001. 282 pp.
MEDEIROS FERREIRA, Jos�. Um s�culo de problemas. As rela�oes luso-espanholas da Uniao Ib�rica � Comunidade Europeia. Lisboa. Livros Horizonte. 1989.85 pp.
MELO, A. Jos� y TORRE, Hip�lito de la. Portugal e Espanha nos sistemas internacionais contempor�neos. Lisboa. Cosmos. 2000. 345 pp.
MINISTERIO DOS NEG�CIOS ESTRANGEIROS. Tratado de Amizade e Nao Agressao entre Portugal e A Espanha. Lisboa. Imprensa Nacional. 1939. 12 pp.
MORADIELLOS, Enrique. Espa�a y la Segunda Guerra Mundial en Memoria de la Segunda Guerra Mundial. Madrid. El Pa�s. 1995. p. 52-83.
NOGU� FONT, Joan y RUF�, Joan Vicente. Geopol�tica, Identidad y Globalizaci�n. Barcelona. Ariel. 2001. 247 pp.
NOGUEIRA, Franco. Salazar. As grandes crises (1936-1945). Vol III. Lisboa. Atl�ntida Editora. 1966.
OLIVEIRA, C�sar. Cem anos nas Rela�oes luso-espanholas. Pol�tica e Econom�a. Lisboa. Cosmos. 1995. 251 pp.
O�TUATHAIL, Gear�id. Critical Geopolitics: the social construction of space and place in the practice of statecraft. Michigan. UMI Dissertation Service. 1989. 204 pp.
O�TUATHAIL, Gear�id. Critical Geopolitics. The politics of writing global space. Londres. Routledge. 1996. 315 pp.
PAYNE, Stanley G. y CONTRERAS, Delia. La� trayectoria espa�ola ante la segunda guerrra mundial en Espa�a y la Segunda Guerra Mundial. Madrid. Editorial Complutense. 1996, p. 157-170.
PRIMO DE RIVERA, Jos� Antonio. Obras Completas. Madrid. Ediciones de la Vicesecretar�a de Educaci�n Popular de F.E.T. y de las J.O.N.S. 1945. 1027 pp.
REGUERA RODRIGUEZ, Antonio Teodoro. Fascismo y Geopol�tica en Espa�a. Cuadernos Cr�ticos de Geograf�a Humana. Facultad de Geograf�a e Historia de la Universidad de Barcelona. Julio de 1991. N� 94.
ROSAS, Fernando, coord. Portugal e a Guerra Civil de Espa�a. Lisboa. Colibr�. 1996. 237 pp.
SALAZAR, Ant�nio Oliveira. Discursos e notas pol�ticas. III. 1938-1943. Lisboa. Coimbra Editora. 1943.
SARAIVA, Mario. Alian�a Peninsular-uma advert�ncia integralista. 1972. <http://www.angelfire.com/pq/unica/il_ms_alianca_peninsular_.htm>. [2 de marzo de 2003].
SEABRA, M. Jos�. Vizinhan�a Inconstante. Portugal e Espa�a na Europa. Lisboa. Cuadernos do Lumiar, IEEI. 1999. 95 p.
SEMINARIO, �lvaro. Espa�a y Portugal. Incitaciones a una pol�tica de acercamiento espiritual. Madrid. Espasa Calpe. 1940. 158 p.
TAYLOR, Peter J. Geograf�a Pol�tica: Econom�a Mundo, Estado Naci�n y Localidad. Madrid. Trama Editorial. 1994. 339 p.
TELO, Ant�nio Jose. A neutralidade portuguesa e o ouro nazi.Quetzal Lisboa. Editores. 2000. 384 p.
THEOT�NIO PEREIRA, Pedro. Mem�rias. Postos em que serv� e algumas recorda�oes pessoais. Lisboa. Verbo. 1973. Vol. II.
THEOT�NIO PEREIRA, Pedro. Nacionalismo Portugu�s. Coimbra. Editado por la Comunidade Distrital de Coimbra. 1938.
TORRE, Hip�lito de la, y VICENTE, A. Pedro. Espa�a y Portugal. Estudios de Historia Comparada. Madrid. Complutense. 1998. 247 pp.
ZUSMAN, Perla B. Cuando la Academia abandona el silencio geopol�tico. Revista Bibliogr�fica de Geograf�a y Ciencias Sociales. Barcelona: Universidad de Barcelona. Enero de 1998. N� 60. <http://www.ub.es/geocrit/b3w-60.htm>. [5 de enero de 2003]. ISSN: 1138-9796.
VAZQUEZ DE MELLA. Los tres dogmas nacionales. Madrid. Editorial Diana. 1941. 81 pp.
©
Copyright Raquel
Rodr�guez Garoz,
2005
© Copyright Scripta Nova,
2005